martes, 16 de enero de 2018

Todo a Pulmón

Cerveza Tirada

Nos despertamos temprano en Donly Kubin, Eslovaquia, con la idea de llegar a dedo hasta una de las ciudades más importantes de República Checa: Brno.

Mientras terminaba de armar los últimos detalles para cerrar la mochila. Juan entró a la cabaña contento, diciendo que se iba a poner pantalones cortos ya que afuera estaba hermoso para hacer dedo.. Decidí no hacerle caso al atérmico patagónico y fijarme en el pronóstico, dónde encontré que en realidad estaban haciendo tres grados bajo cero y había altas probabilidades de que caiga nieve.

Una de las particularidades de ese viaje a dedo fue cuando un conductor tomó un camino más largo para que podamos ver un mejor paisaje, luego paró en un restaurante para invitarnos a tomar un shot de alguna impronunciable bebida alcohólica eslovaca, nos hizo probar una taza de leche de cabra y nos obligó a cada uno a aceptarle 5 euros para que nos tomáramos un café.

Aunque fuimos siempre levantados y toda la gente fue muy amable con nosotros, finalmente no pudimos llegar hasta nuestro destino, teniendo que tomarnos un tren desde un pueblito cercano.

Nos preocupaba el hecho de que estábamos llegando a una hora poco prudente para los usos horarios chechos. Eso aparentemente no le importó demasiado a Luka, el chico que conseguimos que nos hospede mediante CouchSurfing, que ya había arreglado para ir a tomar unas cervezas a un bar con su compañero de piso - Filip - y nosotros.

Caímos con las mochilas y totalmente mugrientos después de todo un día de estar parado al costado de la ruta, atrayendo la mirada de todos los presentes que no entenderían de qué circo nos habíamos escapado.

República Checa es el país con más consumo de cerveza per cápita en el mundo. La cerveza es literalmente más barata que el agua, por lo que las personas llega a beber en promedio 150 LT al año.

Para los chechos todo tipo de reunión se hace en los bares y con cerveza de por medio.

Al día siguiente Luka debía irse temprano a trabajar y volvía de noche. Nosotros no nos podíamos quedar en la casa durante su ausencia, por lo que teníamos que pasar todo el día en las calles de una ciudad que con pocas horas  bastaba para recorrerla y dónde no paró de llover.

Entre mates, sentados en uno de los banquitos del castillo y mirando la ciudad desde arriba, nos pusimos a hablar de los asados, de lo lindo que es juntarte con tus amigos a comprar, charlar pavadas mientras el fuego va armando las brasas, comer y quedarte horas disfrutando de la compañía…

Hablamos de lo tradicionales que solemos ser los argentinos de hacer que cada juntada se haga eterna con el único sentido honrar la amistad….cuántos asados, cuántas jodas, cuántos picaditos de fútbol y cuçantos momentos irrepetibles nos habremos perdido en estos meses de aventura.

Hablamos de nuestras familias y seres más cercanos, de cómo sin darte cuenta el tiempo va a ir pasando y siempre es indispensable sentirlos cerca. en la distancia. Quizás esas personas son las que más se sienten en cada abrazo de despedida y en cada abrazo de reencuentro.

Fue sin duda uno de los días más nostálgicos que tuvimos durante nuestro viaje.

La verdad que al estar siempre en actividad y haciendo cosas nuevas, no solemos pararnos a pensar en nuestros pagos, pero aquellos días de fiaca, en lo que no tenemos mucho para hacer o en dónde la ciudad que acabamos de conocer no nos deslumbra, es cuando más extrañamos y llegamos a pensar que la fiaca es mejor pasarla en la comodidad de la casa propia, cerca de la gente que uno siente como propia.

Con esto no quiero caerle a Brno; nuestro pasó por allí no fue tan trágico, pero cada tanto hace falta descargar esa angustia que genera el desarraigo, para poder desahogar y seguir pateando hacia adelante.

Luka y Filip eran dos chicos muy buena onda que nos hicieron pasarla muy bien, siempre que pudimos compartir momentos con ellos. Y que obviamente nos hicieron tomar más cervezas de las que venimos estando acostumbrados.

Nuestro destino siguiente sería la hermosísima Praga, una ciudad en la que sin importar la cantidad de días que se la visite, imagino que siempre te vas a ir con la sensación de que te quedaron miles de cosas por hacer.

Arribamos a la capital checa a horas del mediodía, luego de un muy exitoso viaje a dedo.

Lamentablemente no pudimos aprovecharlo de la forma que hubiésemos querido y nos tuvimos que pasar toda la tarde pateando la ciudad con las mochilas a cuestas buscando un hostel dónde quedarnos.

Aunque esa no era la forma más placentera de conocer la ciudad, lo que podíamos ver nos renovaban esas ganas de recorrer el mundo que en Brno habían perdido algo de fuerza.

Praga es una ciudad por demás interesante. El hecho de estar ubicada en el centro de Europa, la hizo ser siempre escenario de varios acontecimientos históricos y ha enamorado a personajes como Mozart, Albert Einstein, Kafka y hasta a Hitler… quien quería que el Barrio Judío de esa ciudad sea utilizado como museo de la Especie Extinta.

El free walking tour que allí hicimos fue de los más interesantes en los que tuvimos la suerte de estar,  y uno de los que más cosas nos dejó como enseñanza. Y es que los sucesos que han tenido a Praga como escenario a lo largo de la historia son tan amplios y variados que no hay forma de que esa ciudad no te atrape.

Por no haber podido encontrar nadie que nos hospede, tuvimos que caer obligadamente a un hostel, pero gracias a esto pudimos coincidir con varios chicos con los que aprovechamos para meter alguna que otra fiestita después de bastante tiempo.

Nos fuimos de Praga después de unos cuatro días pateándola de arriba  a abajo, pero igualmente me quedó la sensación de haber pasado por una ciudad en la que no basta solo con visitar, y a la que probablemente valdría la pena vivirla desde adentro como un local por un tiempo más prolongado.

Su arquitectura, su historia, su ambiente son únicos. Es una ciudad que tiene todo para atrapar a cualquiera que la pise.

El deporte como religión. 

Llegamos a Munich, donde nos esperaba Diego: un colombiano que había conocido durante mi intercambio en Porto Alegre y con quien nunca perdi la amistad, aunque cada tanto nos perdíamos los rastros.

Hacia un año que vivía con su novia Pilar, a quien por suerte no despertamos durante nuestro nocturno y desubicado arribo.

Diego nos tenía unos colchones inflados esperándonos y un juego de llaves para que tengamos libertad absoluta para salir y entrar cuando quisiéramos. Durante el día ellos tenían una rutina muy cargada y la nuestra era la de siempre: “ver qué onda”; por lo que la noche era el momento dónde nos encontrábamos a charlar de cómo se habían pasado estos últimos seis años.

Al decir verdad, no fue una ciudad que tenga mucho que ofrecer, algo que un poco me desilusionó.

Más allá de haber sido el lugar donde Hitler comenzó con el Partido Nacional Socialista (NAZI), totalmente destruida durante la Segunda Guerra Mundial y cuna de la cerveza … no había muchos más motivos que te incitan a querer andar por ahí.

Gracias a la mencionada destrucción supongo que la ciudad perdió mucho de su atractivo; hoy en día los edificios históricos fueron reconstruidos intentando imitar los estilos anteriores, pero en muchos casos no fueron muy bien logrados, y el principal atractivo arquitectónico hoy en día es el estadio de fútbol Allianz Arena, uno de los más importantes del mundo y donde el Bayern Munich hace las veces de local.

En definitiva es una ciudad principalmente industrial, con mucha historia que la historia misma se encargó, o por lo menos intentó, borrar.

Al refugio de la lluvia, sentados en una galería bajo la estatua de algún antiguo rey y con un mate de por medio, nos pusimos a comentarle a Mantequita, un pibe de Tandil con el que nos encontramos ese día de casualidad, una idea qué se me había venido a la cabeza y que las charlas con Juan me hizo darle un poco de forma.

“Escuchame, Mantequita: para vos, ¿cuál es el punto turístico en común que en todas las ciudades a las que vayas, te van a recomendar para que visites?”. Una pregunta qué ya le habíamos hecho a varios, cada vez que salía el tema, y una de las respuestas más escuchadas es: “Qué se yo…¿la Iglesia?”

Durante estos meses de viaje fuimos viendo muchísimos templos religiosos imponentes por dentro y por fuera, más allá de la religión a la que representen… Catedrales católicas, mezquitas musulmanas, sinagogas judías, catedrales ortodoxas, protestantes, etc.

Antiguamente, en Italia, el tener una iglesia imponente era referencia de que la ciudad y sus pobladores eran de estatus social alto… por lo que los pobladores solían hacer donaciones a sus iglesias.

El Alemania los ventanales de las iglesias eran financiados por los gremios de los trabajadores, cuanto más color azul (el color más caro en la época) tenía el ventanal, era símbolo de qué más rico y poderoso era el gremio al que representaba.

Si vas a alguna ciudad que haya sido bombardeada durante la segunda guerra mundial te vas a encontrar con qué las iglesias siguen en pie y casi ni sufrieron los ataques. Eso no es porque los bombarderos eran ultracatólicos, es porque la altura de las iglesias las hacía sobresalir de tal manera que les servía de referencia a los aviones para ubicarse a qué sector de la ciudad iban a tirar la bomba.

Son muchas las historias y creencias dónde a la religión se la relaciona con el poderío económico.

Hoy en día casi todos los templos siguen siendo imponentes a pesar del paso de los siglos y la mayoría de ellos siguen sobresaliendo desde las vistas panorámicas de las ciudades, más allá de que ahora compiten con edificios que seguramente no existirían en los años en los que fueron construidos.. Punto y aparte para la Basílica de San Pedro en el Vaticano

Pero hoy en día los templos religiosos no son las únicas bestias arquitectónicas que te dejan estupefacto al verlas. Muchas ciudades cuentan con estadios de fútbol, o de otros deportes, como atractivo turístico.

El fútbol es uno de los principales motores económicos de la sociedad actual, moviendo masas de dinero inmensurables solo con el traspaso de un jugador desde un club a otro y manejando la pasión y la atención de sus seguidores (entre los cuales me incluyo)..

Y la religión va perdiendo de a poco su poder. Hay muchos templos que son utilizados como museos y en muchos de ellos te cobran simplemente para visitarlos por dentro. Nos ha pasado varias veces de coincidir con una misa en las que eran más las personas que caminaban alrededor sacando fotos, que las que se sentaban en los bancos a rendir culto.

Puede que hace varios siglos este papel le correspondiera a la Iglesia católica, a la musulmana, a la ortodoxa, a la judía, etc. variante que se da según zona geográfica.

Las religiones dominaron los pensamientos de las personas durante siglos, llegando al punto de generarse un sinnúmero de guerras en las que murieron fieles que se enfrentaban solo por pertenecer a religiones diferentes. Y si: es algo que hoy en día sigue pasando por religión, pero también por deporte, cuando hinchadas rivales se cruzan y puede que mueran algunos fanáticos, solo por tener sentimientos por colores diferentes.

Puede que la religión de la sociedad del ayer haya sido reemplazada por el fútbol de la sociedad del hoy.

Creo que nos despedimos de Pili y Diego en la mañana antes que se vayan a trabajar y seguimos durmiendo… estaba demasiado dormido como para saber si pasó o si fue un sueño.

Haciendo dedo llegamos hasta Assmannshardt dónde nos encontrariamos con Sabine, una chica que estuvo de intercambio en Tandil durante un semestre. Ella vive desde los 12 años en Alemania, pero nació y se crió en Sudáfrica, al igual que sus padres y hermanos.

Assmannshardt es un pueblo muy chiquito, debe tener más letras qué calles… cosa que no encanta para sentir qué nos estamos metiendo de lleno en la cultura verdadera de un nuevo país.

Sabine vive en la misma casa que sus padres, junto a ellos y su marido. Es una casa enorme en la que cada pareja vive en un piso separado y con todas las comodidades y nosotros también tuvimos el nuestro, con baño y habitaciones privadas. La decoración de la casa y la forma de ser de la familia nos hacia dudar si estabamos en Alemania o en Sudáfrica

En el rincón más apartado del subsuelo el padre tiene su búnker, su lugar favorito, dónde pasa la mayor cantidad de horas al día: un cuartito angostito, qué es el único lugar donde se permite fumar y dónde el mini refri siempre está lleno de cervezas.

El cuarto tiene entrada independiente y está siempre abierto, por lo que es normal que el padre baje a fumarse un cigarro y tomarse una cervecita y se encuentre con algún amigo que llegó sin avisar y le abrió el mini refri sin la necesidad de avisarle a  nadie. Sus amigos estan las 24hs del día invitados a pasar por ahí.

El padre nos recibió al igual que a todos sus amigos: la primera cerveza era de regalo, pero su tapita la teníamos que tirar y embocarla en un baldecito. Por cada tapita embocada habia una cerveza de regalo, y por cada tapita errada había que pagar una cerveza… Obviamente entendió nuestra forma austera de viaje y las decenas de tapitas que quedaron en el piso...sin ser pagas.

Pudimos pasear por el pueblito y por Ulm, la ciudad cercana, que es conocida por tener la iglesia más alta del mundo (también más visitada como museo que como iglesia), y por ser la ciudad donde nació un tal Albert Einstein. También fuimos invitados al cumpleaños de unas de las amigas de Sabine; pasamos el día comiendo de todo.

En nuestro último día Sabine y el marido tenían un compromiso, por lo que nos dejaron sus bicis para qué “boludeemos” por ahí. Nos fuimos andando a través de un bosque enorme hasta llegar al pueblito vecino y luego a una canchita de fútbol dónde nos quedamos varias horas pateando solos…

Necesitábamos embarrarnos un poco.

El mundo es un pañuelo

Una de las más grandes experiencias de mi vida la tuve en el año 2010, cuando realicé un intercambio en Porto Alegre, Brasil.

Una de las tantas personas que conoci en este periodo fue a Hanae, una brasilera miembro de AIESEC, la organización que gestionaba el proyecto social en el cual yo estaba trabajando en Brasil.

El proyecto del que había participado me movilizó al punto de decidir realizar algo similar en mi ciudad, Tandil. Ya en el año 2011, junto a otros estudiantes armamos un proyecto propio, buscamos una empresa que nos haga de Sponsor y nos encargamos de buscar estudiantes extranjeros que quisieran venir a nuestra ciudad, a dar clases a chicos de diferentes escuelas públicas.

Tuve entrevistas con varios interesados en participar, pero hubo un aleman llamado Inmi qué me había caído muy bien y parecía ser un excelente perfil para el proyecto. Lamentablemente para cuando le confirme que sería aceptado me comento que ya había arreglado con otro proyecto en Costa Rica.

Pasaron los años y fui perdiendo el rastro de estas dos personas, Hanae e Inmi.

Un día me puse a armar un mapa con los amigos que tenía desparramados por diferentes países, lo cual me serviría como guía para el viaje que ahora estamos concretando. Para poder saber dónde estaba cada uno, empecé a contactarlos y a reflotar algunos contactos como el de Inmi.

Chatee un rato con él, que como siempre le ponia muy buena onda a las charlas. “Claro qué me acuerdo de vos, mi amigo del país del tango” decía.

Seguimos chateando hasta que tuve que salir. Al volver pasó algo muy loco: tenía un mensaje en la ventana de chat de Inmi qué decía “Hola Coco ¿cómo estás? Soy Hanae, no sabía qué lo conocías a Inmi. Te cuento que nosotros nos conocimos en Costa Rica, ahora estamos casados...”

Nos despedimos de Sabine y la familia. Ella nos llevó hasta un punto desde el cual no se nos haria muy dificil conseguir quien nos levante. La mañana estaba algo fría, nublada y chispeaban algunas gotas. De golpe se abrió por completo y tuvimos la suerte de poder disfrutar de pasar un día soleado a la orilla de la ruta llena de verde y de ser levantado por diferentes autos que nos fueron llevando a traves del Black Forest (la famosa Selva Negra) hasta llegar a Friburgo.

Pasamos unos días en la casa de Inmi y Hanae, dos genios. Inmi aviso al trabajo qué estaba enfermo para poder tener los días libres y llevarnos a pasear por la ciudad y sus bares, por algunos pueblitos del bosque negro, a jugar babington y a un complejo de piletas con hidromasajes.

Durante esos días tuvo lugar el cumpleaños número 29 de Juan Alberto, que fue agasajado con regalos mios y de la pareja qué lo habían conocido la noche anterior.

Durante las caminatas por el Bosque Negro, era inevitable tocar el tema con Inmi: ellos estaban felizmente casados pero, en caso que yo le hubiese confirmado a tiempo su participación en nuestro proyecto en Tandil, él nunca hubiese ido a Costa Rica, ni hubiese conocido a Hanae y sus vidas serían totalmente distintas. La charla obviamente se iba por sus ramas, y terminábamos hablando de películas y libros que nos servían de ejemplo.

Es raro pensar a veces que decisiones que parecen simples o tomamos sin darle demasiada importancia, pueden cambiar por completo el curso de nuestras vidas. Y más loco es pensar que no hay forma de predecir o evitar esto: simplemente pasa.

En cuanto a las charlas con Hanae, algo que me quedó picando fue cuando le pregunté por qué querían seguir el resto de sus vidas en Brasil y no en Alemania me contestó: “Si algún día tenemos hijos y puedo elegir entre qué adopten la cultura o la alemana, elijo - sin dudas- la brasileña.”

Al principio me pareció un poco chocante, pero con el tiempo lo fui entendiendo.

Después de Friburg tuvimos un paso fugaz por Karlsure, donde visitamos a Marc: un alemán que había conocido en un hostel en Río de Janeiro.

Esa vez había viajado a Brasil con otros seis amigos y, por no reservar a tiempo nuestro hostel en Río, tuvimos que dormir en habitaciones separadas.  A mi me tocó en una habitación en la que cada cual tenía un compañero de viaje, a excepción de un rubio alto con pinta de europeo al que nadie le hablaba.

Volví a la habitacion una noche y el rubio estaba ahí solo, así qué me le puse a charlar. De a poco mis amigos fueron llegando y se fueron sumando a la conversación y pegando buena onda con él.  Marc acababa de llegar a Brasil y pensaba pasar 6 meses de intercambio en Curitiba.

Al final se terminó sumando con nosotros a la visita al Cristo y desde ahí siempre tuvimos contacto con el por facebook.

Caimos a su casa con Juan una noche bastante fría en una ciudad bastante fiera. Le tocamos el timbre y el salió con una sonrisa de oreja a oreja… Marc es de esas personas que siempre sonrien, y que luego se ríen en voz alta por todo lo que se les dice.

Lamentablemente le llegó un mensaje de su novia qué iría a visitarlo a Karlsure, por lo que el pollerudo nos pidió amablemente que nos retiremos antes de lo pensado, sin más que compartir una cena, un partido de la Champions y una visita a un palacio con jardines interminables.

Nuestro siguiente destino sería Relingen: un minúsculo pueblito que, como todos los de Europa, no tiene ni una calle recta y, como todos los de Alemania, es prolijito “al por mayor”… te dan ganas de hacer un poco de vandalismo para cortar con tanta dulzura.

Allí fuimos a visitar a Rafa, uno de los más grandes amigos que me dejó mi estadía en Porto Alegre.

El fue la persona que más me enseñó sobre la armónica y siempre me incentivaba a que toque ese instrumento. Obviamente, lo primero que hizo cuando llegamos fue agarrar la armónica para que lo acompañe con la guitarra, e invitarnos a un bar dónde había un escenario lleno de instrumentos, dónde quien quería se subia a improvisar… Está por demás decir que el subió y “la gastó”...y a mi no me dieron los cojones para subir.

Lo que más nos quedó de nuestro paso por Relingen fue el día que Rafa nos prestó unas bicis y nos fuimos los tres andando hasta Hedilberg: una ciudad que nunca estuvo en nuestros planes y que, creo, fue la que más me gustó de Alemania.

Es una ciudad angosta, construida en un valle entre dos sierras y atravesada por un rio que a la vez atraviesa varios puentes antiguos. Tiene un centro histórico muy pintoresco, con la arquitectura clásica alemana (las paredes blancas con maderas negras y los techos rojos), y un castillo enorme que vigila la ciudad desde las alturas de una de las sierras.

Desde los jardines del castillo vimos como el sol se ponia por el otro lado de la ciudad, justo por detrás del castillo, mientras tomabamos unos mates con una postal perfecta.

Rafa tenía un compromiso y nos dejó poco después de haber llegado a la ciudad. Con Juan decidimos volver todo el camino en bicicleta hasta Relingen, aunque nos quedaran poquísimos minutos de luz.

Estuvo genial. Fuimos siempre por bicisendas, por tramos pegados a la autopista, en otros muy alejados, atravesando algunos bosques, descampados y cada tanto algunos pueblitos perdidos.  En la bicisenda todo estaba muy bien señalizado con carteles que indicaban el camino, las distancias, etc.

Al día siguiente salimos con Rafa a caminar por la bicisenda que conectaba a su pueblo con con el pueblo vecino. Era domingo a la mañana; las pocas personas que pasaban eran jubilados que salian a pasear, al igual que nosotros.

Rafa nos fue indicando algunas cosas que nosotros hacíamos y qué en Alemania no era costumbre: como tocar varias veces la bocinita de la bici a cualquiera que se cruzara, saludar a los gritos al que nos cediera el paso o jugar con el perro de un desconocido… Cuando hacíamos esas cosas la gente nos miraba bastante raro o no sabian como reaccionar.

Antes de vivir en Alemania, Rafa vivió durante un año en un país muy distinto: India, dónde no hay reglas; o, mejor dicho, las reglas son tan distintas a las que nosotros estamos acostumbrados,  que muchas veces terminan resultando contrarias. “No es que no tengan educación; es que nunca fueron educados por occidentales, entonces su educación es muy diferente.” Contaba Rafa.

Ya hacía tres años qué Rafa vivía en Relingen y no tenía amigos en el pueblo. Nos contaba qué es un proceso muy largo lograr que alguien te invite a su casa en Alemania. Rafa cruza todos los días a las mismas personas en la calle, pero nadie lo saluda. Mientras que en la India, cualquier desconocido que lo veía en la calle se terminaba auto-invitando a ir a la casa de Rafa, y al entrar le abría la heladera sin pedir permiso; o los desconocidos invitaban a Rafa a ir a casamientos, solo por no ser de la India.

¿Cuál cultura o forma de vivir es mejor? No se sabe, quizás sean simplemente diferentes y cada cual va a preferir una u otra según su punto de vista, su formación o el país dónde fue criado. Pero de a poco empezaba a entender lo que decía Hanae sobre la cultura qué le gustaría que tengan sus hijos el día de mañana.

Por lo que venimos viendo Alemania es un país donde todo funciona y donde hay muchas reglas y todas las reglas son respetadas. Esto puede ser muy positivo en varios aspectos, pero también puede influir en qué muchas personas sean demasiado estrictas, lo que afecta a las relaciones sociales en general, algo bastante diferente a nuestras culturas latinas.

Hay quienes prioricen algunas cosas y quienes prioricen otras a la hora de elegir cómo y dónde vivir; lo bueno es poder tener las experiencias y las libertades que nos ayuden a elegir.

Las hojas del otoño

Nuestro siguiente destino fue Darmstadt, una ciudad muy cercana a Frankfurt, en el centro de Alemania. Allí nos alojaría Marc, en el depto en el que vive con su novia y su cuñado.

Marc es un alemán con todas las letras: extremadamente respetuoso, formal y estructurado en cuanto a los horarios.

La primer noche le preguntamos si le parecía que nos levantemos a eso de las 7.00 am, ya que él tenía que ir a trabajar y no podíamos quedarnos en la casa. “Mejor a las 7 menos 10, así desayunamos juntos”, respondió.

El objetivo de pasar por esta ciudad fue visitar varios chicos que estuvieron de intercambio en Tandil, en diferentes años.

Durante el día todos ellos trabajaban, por lo que no teníamos más que dar vueltas por una ciudad en la que no hay mucho para ver, y tomar mates en los parques esperando que el tiempo pase. A la noche nos juntábamos todos a comer o tomar algo.

Alexandra estuvo en tandil en el 2011, Thomas en el 2012, Hanna en el 2014, Marc y Florian en el 2015. Era loco pensar que yo estaba juntando a todos estos alemanes que hablaban español, vivían en la misma ciudad y no se conocían entre ellos.

Fue muy lindo poder reencontrarme con ellos, hablar cómo fue sus vidas después de Tandil, que les dejó esa experiencia y ver cómo iban sus vidas ahora.

Todos concidian en que querían volver a Argentina y, específicamente,  a Tandil en algún momento, por lo que la despedida se sintió como un hasta luego.

Nos fuimos con destino Brunswick una ciudad por la que pasaríamos para visitar a María Julia, una argentina amiga de la abuela de Juan.

Hacia casi un mes que Juan le había dicho que íbamos a pasar por allá y la mina no paró de llamarlo cada día para hacerle preguntas un tanto paranoicas sobre nosotros y nuestro viaje, y para ir adelantándonos las reglas de la casa.

Nuestro viaje había sido a dedo, llegando por la noche y muy cansados a la ciudad. Sin embargo, María Julia nos tuvo unos 30 minutos parados en la puerta de la casa explicando todas las reglas qué debíamos saber antes de entrar.

Era la casa más hermética que vi en mi vida. Tenía un sistema moderno de ventilación en el que unas pequeñas aperturas aspiraban el aire externo, lo procesaban quitándole la humedad, lo limpiaban y lo distribuían por la casa con determinada temperatura.

Las ventanas eran simplemente para tener una vista hacia el exterior o para tener luz natural, ya que estaba totalmente prohibido abrirlas (como tantas otras cosas que estaban prohibidas).

María Julia nos fue leyendo una por una las cosas que debiamos saber sobre la casa y lo qué debíamos hacer en nuestra visita, siguiendo una lista bastante extensa que había armado antes de nuestro arribo, y que se me haría imposible reproducir.

Si les puedo resumir que era un tanto obsesiva con los malos olores y los gérmenes, por lo que nos dió ropa de su marido para meter toda nuestra indumentaria al lavarropas, incluso las cosas que teníamos limpias. Nos pidió que por favor nos bañemos ni bien entramos a la casa; las mochilas las tuvimos que dejar en el lavadero de la casa y nuestras zapatillas en el garaje.

Cuando salíamos con ella a la calle solo había un tópico de conversación: las reglas de tránsito que se le presentaban cada medio metro y qué los alemanes estaban acostumbrados a respetar sin ningún tipo de objeción: cuándo se podía doblar, cuándo tenía pasó le ciclista, cuándo el peatón, por qué se formaban las colas de autos, por qué parte de la vereda debíamos caminar, etc.

Hasta llegó a explicarnos qué las hojas de los arboles tenian un color amarillento: porque era otoño, ya que en primavera son verdes…

Normalmente con Juan somos como dos nenes qué se pelean por ir en el asiento de adelante, llevamos la cuenta de a quién le toca ir adelante, pero en este caso nos peleabamos por ir atrás. Al que le tocaba ir adelante debía hacer el esfuerzo por seguir los monólogos sin sentido de María Julia o, por lo menos, simular que lo hacía.

En la casa también vivía su marido Alex, un tanto más simpático y con quien podíamos tener conversaciones un poco más interesantes. Sin embargo también era muy estructurado, se lo notaba un tanto estresado y me daba la sensación de qué le molestaba nuestra presencia en la casa.

Tenían juntos un nenito de 7 años llamado Martín. Le habían regalado unos juguetes para armar autitos con electricidad con la intención de qué, si tomaba gusto por hacerlo, el día de mañana quiera estudiar ingeniería electromecánica.

El nenito hablaba con nosotros en un español muy bueno, aunque con gran acento alemán. Quizás un poco víctima de lo que viviría a diario, tenía una personalidad autoritaria, para todo quería poner reglas, daba órdenes y era bastante arisco cuando se le quería hacer cosquillas o mimos.

Cada tarde María Julia nos llevó a unas piletas públicas para que nademos y nos relajemos, o para deshacernos de nosotros un poco o para limpiar las baldosas por las que habíamos caminado nosotros dos… la verdad no lo sé, nunca nos preguntó si nos gustaba nadar; ni siquiera si sabíamos nadar.

Probablemente sus intenciones eran las mejores, pero tenía una personalidad tan obsesiva y controladora que llegaba a aturdirnos. No es fácil explicar como nos sentíamos ahí o como era el trato, probablemente parezca que estoy exagerando, por lo que les voy a dar el siguiente ejemplo:

Durante el verano a Juan y a mi se nos rompieron las ojotas, por lo que las arreglamos con unos alfileres en las suelas. Un domingo a las 7.30 de la mañana María Julia nos despertó para darnos un folleto de una cosa de ropa para que miremos los calzados en oferta ya que, según ella, si alguien veía nuestras ojotas podía pensar que éramos refugiados y podiamos tener serios problemas.

Fue feo tener que irnos mintiendo, ya que le dijimos que nos ibamos a ir en blablacar cuando en verdad nuestra intención era hacer dedo… No queríamos que nos salga con “un martes 13”, diciendo qué nos podía ver la policía, qué era ilegal o cualquier otra cosa que se le ocurra a esa cabecita.

Es la primera vez que no conectamos con alguien que nos haya alojado y la verdad que fue una sensación horrible porque por un lado te sentís agradecido por que te den una mano, pero por el otro tan incómodo, qué no ves la hora de irte.

Por suerte la fuga nos salió bien y pudimos huir hacia Berlin.

Pisando Historia

Haciendo dedo nos tuvimos que separar, ya que no encontramos conductores que nos lleven a los dos juntos. El reencuentro fue directamente en Berlin.

El alojamiento lo cubrimos gracias a un chico hindú que contactamos mediante CouchSurfing. Su nombre era Dhiraj, se encontraba haciendo un master en la capital y vivía en el piso 16 de un complejo repleto de estudiantes internacionales, de todas partes del mundo.

Los momentos para compartir con él eran durante la noche, cuando nos quedçabamos hasta altas horas charlando y jugando a las cartas junto a sus amigos de Egipto, Nepal y Yeman.

Las personas provenientes de aquella parte del mundo suelen ser hospitalarias y educadas por demás. A medida que vas conociendo más y más personas de medio oriente más te hacen picar el bichito de la curiosidad, y las ganas de arrancar para aquel lado.

Berlin fue una ciudad destruida completamente durante la Segunda Guerra Mundial y, para su reconstrucción decidieron no basarse en los edificios antiguos (como hacian la mayoria de las ciudades alemanas: tratar de mantener el estilo), sino qué se basaron en las tendencias de la época… lo que le quitó el parecido con la mayoría de las ciudades europeas: no tiene un centro histórico antiquísimo con callecitas curvas, sus edificaciones son más parecidas a las de una ciudad sudamericana… solo algunos edificios fueron reconstruidos a imagen y semejanza de lo que alguna vez fueron.

En Berlin nos pudimos interiorizar con quizás el suceso más conocido de la ciudad: el Muro de Berlin. Algo que teníamos de oído pero en lo que nunca habíamos profundizado demasiado.

Gracias a los Free Walking Tour pudimos tener una visión que nos permitió ir más allá del hecho de que los Aliados y los Soviéticos pasaron de pelear por una misma causa a ser enemigos por sus contrarias formas de ver el mundo, y nos dejamos sorprender al caer en la cuenta de lo cercanos que fueron todos estos hechos que se nos hacían mucho más lejanos en el tiempo.

El muro cayó en 1989… un hecho más reciente que los dos mundiales ganados por Argentina, más reciente qué la guerra por las Malvinas, más reciente qué los Beatles y qué los Rolling y más reciente que muchísimos sucesos históricos para la humanidad.

Con la caída del muro, la gente prisionera del Sistema Comunista pudo salir de su prisión y comenzar una nueva vida, vivir como vivían los del otro lado del mundo, vivir una vida que tantos habían soñado y por la que tantos habían muerto, intentando cruzar ese muro fronterizo que los tenía en cautiverio.

Escuchar historias, cruzarte con gente que vivió la época de la división, ver partes del muro qué siguen en pie pero lleno de murales pintados en su honor, así como tener acceso a libros, canciones o películas, ayudan a entender éste y muchísimos eventos que marcaron a fuego nuestra humanidad, los alcances que puede tener el poder cuando es enfermizo y mal usado, y hasta dónde puede llegar la mentalidad humana.

Nos tomábamos un tren o un colectivo y flasheçabamos mirando a la gente local y pensando de qué lado del muro estarían, por qué habrán tenido que pasar, que tanto valoran la vida el día de hoy.

Es verdad que Alemania fue culpable de la guerra más sangrienta de la historia y qué más secuelas dejó en Europa, pero también fue el país que más sufrió las consecuencias y, al día de hoy, los alemanes se siguen avergonzando cuando desde todo el mundo se los relaciona con el nazismo.

Dejamos Berlin para pasar a Hamburgo, donde nos alojaría Peter, un profesor de teología de la Universidad, que vivía solo con sus gatos en la segunda isla de rio más grande del mundo.

Como nos pasó con muchos de los que nos alojaron por CouchSurfing, nos dimos cuenta desde un primer momento de qué era gay pero también, como nos pasó con todos, nos dedicamos a entablar una buena amistad en vez de quedarnos juzgándolo con los ojos cerrados.

En las cenas con él hablamos de religiones y del peso que han tenido en la historia.

Es medio tonto de nuestra parte tender a ver en el pasado los hechos que han sido de vital importancia para la humanidad, y no pensar que la actualidad y todo lo que vivimos a diario no será de vital importancia para los años venideros.

En Hamburgo empezamos a vivir el invierno europeo. Desde unas semanas atrás las condiciones climáticas ya no nos acompañaban, pero en Hamburgo fue donde empezamos a tener días más cortos… se hacía de noche a las 4 de la tarde, por lo que las pocas horas de sol las teníamos que aprovechar al máximo.

Peter era un tipo muy alegre y sonriente;  sin razón nos podíamos sentir a gusto en su compañía.

Al despedirlo me quedó una sensación rara: la sensación de que no iba a volver a verlo otra vez; suena horrible, pero es una realidad que en este viaje fuimos conociendo mucha gente con la que en un corto tiempo entablamos relaciones de amistad, pero que el mismo tiempo y la distancia no serán de gran ayuda para continuar con dicha relacion… Ojala sea un pensamiento erróneo y pasajero.

Del otro lado de la frontera

Sé que puede no ser muy agradable lo que voy a decir, pero de Alemania me fui con la misma sensación que me lleve de Marruecos: un país hermoso donde siempre voy a tener viejos y nuevos amigos que serán motivo de más y más visitas, un país repleto de rincones y paisajes extraordinarios para seguir descubriendo, pero así y todo no es un país qué eligiría para vivir el resto de mi vida.

Tanto en Marruecos como en Alemania fuimos recibidos por muchísimas personas conocidas y desconocidas qué nos hospedaron y nos brindaron muchísimo, pero en la calle la sensación siempre fue otra. En Marruecos siempre teníamos la impresión de que todo el que se nos acercaba lo hacía con la intención de pedirnos dinero en algún momento. Y en las calles de Alemania se nos hacía difícil acercarnos a un desconocido y que éste  nos responda con amabilidad; se siente el stress y el mal humor de las personas.

En Alemania le escribía a 40 personas por couchsurfing y con suerte 10 me respondían, de los cuales quizás uno nos aceptaba para alojarnos. Groningen fue nuestro primer destino en Holanda; le escribí a 4 personas, en menos de media hora me habían respondido todos, dos de ellos nos aceptaron y nos pedian por favor que vayamos a sus casas.

La primer noche en Holanda la pasamos en la de un estudiante de 22 años que vivía junto a otros estudiantes. Recibir viajeros y escuchar sus historias les serviría de inspiración para salir al mundo en algún momento.

El resto de las noches las pasamos en lo de Reynout, un marinero de treinta y pocos que recibía constantemente gente en su casa. Era muy liberal, nos dió las llaves de su casa, dos bicis y no se preocupó más por nosotros, lo que resultó genial… Cuando podíamos coincidir para hacer algo juntos, buenisimo; y cuando no ...buenísimo también. Hacíamos la nuestra.

Nos movimos libremente en el medio de transporte más popular del país, transitando en nuestras bicis prestadas diferentes bicisendas colapsadas.

También tuvimos el primer acercamiento con la arquitectura típica holandesa: casitas de ladrillo visto extremadamente similares unas con otras, que rodeaban callecitas angostas y sinuosas, y que cada tanto toman distancia porque algún que otro canal se les interpone.

La gente en las calles también era diferente: todo al que le pidiéramos indicaciones, sacarnos una foto y hasta los cajeros en los supermercados nos deseaban que tengamos un buen día y un buen viaje, nos preguntaban de dónde éramos y que haciamos en su pueblo… gestos simples que cuando uno viaja “a la deriva” y está tan lejos de casa, valora mucho más de lo que lo haría en condiciones normales.

Nos hicimos pasar por estudiantes universitarios para colarnos en los entrenamientos del equipo de futsal en el enorme polideportivo de la universidad. Fuimos con Reynout a comer en un comedor social vegetariano y recorrimos algunos bares junto a él y su amigo Anton, otro tipo macanudisímo, al que parece no importarle nada en la vida más que pasarla bien.

Pasamos a Leewuarden, un pueblo que figuraba en nuestra ruta de viaje porque desde su universidad había recibido muchos estudiantes de intercambio a Tandil, y algún que otro estudiante argentino habían ido a estudiar allí durante un semestre.

Fuimos alojados por Ceciel, una chica que contactamos por CouchSurfing y qué vivía con otras tres estudiantes. Caímos en fecha de su cumpleaños y fuimos incluido como uno más de sus amigos qué iban a festejar.

Es un pueblo lindo, con un canal que atraviesa el centro y una torre inclinada al estilo la torre de Pisa.

Nuestro pase por el pueblo fue rápido, sin hacer mucho más que juntarnos a tomar un café con Renata (una argentina que estaba de visita), sus amigos holandeses y Julián (una holandesa que tuvo su intercambio en Tandil).

Lo más destacable fue poder vivir de cerca la “navidad holandesa” llamada San Nicolás, quien se cree que vive en España y todos los años llega en barco a las costas holandesas acompañado de sus tres ayudantes negros quienes les entregan regalos a los nenes qué se portan bien y se llevan a España a los nenes qué se portan mal. Durante esas fechas se ve mucho movimiento en las calles y todos los chicos andan con la cara pintada de negro.

Con palabras de agradecimiento y abrazos fuertes de “espero que nos veamos otra vez” nos despedimos de las chicas para irnos a dedo hasta Amsterdam, dónde nos alojaría Fem, una chica de CouchSurfing qué hacía solo dos meses había vuelto después de vivir dos años en Argentina. Hablaba español con nuestro acento.

No puedo negar que Amsterdam es una ciudad pintoresca, sobre todo por sus cientos de canales que la atraviesan por doquier y las miles de bicicletas qué las circulan a diario, pero me sorprendió no encontrarme con tantos edificios ni sucesos históricos como los que nos habían  acostumbrado las demás capitales o ciudades grandes europeas, aunque desde los Países Bajos provino la mayor cantidad de personas que se enviaron a los campos de concentración Nazi, según nos contaban los guías de los Free Walking Tour.

Creo que los mayores atractivos por los cuales recibe tantos turistas de todo el mundo, algo que lo hace una ciudad única, es su liberalidad en cuanto al consumo de marihuana y en cuanto a la prostitución.

A toda hora se ve gente fumando en las calle o se siente olor a marihuana. Algo curioso es ver que en los Coffe Shops que venden marihuana la gente sale a la calle a fumar tabaco y vuelve a entrar para seguir fumando marihuana.

En cuanto a la prostitución, es muy curioso ver en las varias manzanas que abarcan la zona roja las mujeres en ropa interior del otro lado de un vidrio, como si fueran maniquíes en locales de ropa. Le van golpeando el vidrio a todo el qué pasa para invitarlo a negociar el precio de su servicio.

Antes de irnos de Amsterdam nos juntamos con Charlotte y Mars, dos chicas que se habían hospedado en el Hostel en el que nosotros habíamos trabajado en Croacia, y qué se habían quedado más días de lo qué tenían planeado solo porque les caímos bien nosotros y todos los chicos del staff.
Aunque las hayamos conocido hacía 4 meses, parecía que fueran amigas de toda la vida.

Amsterdam fue una ciudad con un encanto particular, pero no fue una ciudad que me haya deslumbrado. No vi que ninguno de sus atractivos sean exclusivos de Amsterdam, sino que eran las mismas atracciones que encontrábamos en todos los pueblitos holandeses, pero más agrandados y con el exageramiento que les proporciona el marketing obvio de una ciudad grande.

La partida y la llegada

Nuestro próximo punto en la ruta de viaje sería la ciudad de Ultrech. En un pueblito muy cercano habíamos conseguido que una mujer llamada Marjeloin nos hospedara a través de CouchSurfing.

Para el momento de nuestro arribo ella no iba a estar en casa así que nos recibiría su hijo de 15 años.

Aparentemente el pibe había recibido instrucciones precisas de cómo proceder ante nuestra llegada: nos mostró la casa, nos ofreció algo para tomar, nos calentó la cena, se quedó charlando con nosotros sobre nuestro viaje.

En este mundo están las personas que no confían en los extraños y las Marjo, que sin conocernos dejó que dos extraños sean recibidos en su casa por su hijo de 15 años.

Después de un rato dejó el libreto de lado y nos invitó a jugar a la play mientras nos contaba algunas travesuras que hacia con sus amigos. Anécdotas frescas de sus primeras andanzas y borracheras que las terminaba con un “por supuesto, no se lo cuenten a mi mamá”.

El chico era muy desenvuelto y hablaba en un inglés excelente, algo qué no nos sorprendió ya que Holanda es el país con mejor nivel de inglés en el mundo después de los países que tienen este idioma como oficial. Probablemente, uno de los mayores motivos es que su televisión no se dobla al idioma holandés, por lo que la práctica del inglés es constante (buena idea para aplicarla en nuestro país, no?).

Los nenes de allá miran dibujitos en inglés y desde temprana edad ya maman otras lenguas, mientras que acá nos causa ternura que hablen neutro por mirar dibujitos en la tele, y más de grande se nos hace más difícil y somos más perezosos para aprender otros idiomas.

Ultrech es una de las ciudades más grandes e importantes del país. Tiene bastante de Amsterdam, aunque en versión miniatura y sin esas masas de turistas siempre presentes.No la pudimos recorrer tanta como hubiésemos gustado: el clima nunca estuvo a nuestro favor.

El objetivo de pasar por allí era visitar a Tomi y a Elise. Él es un amigo de la Facultad y ella una holandesa que durante su intercambio en Tandil lo conoció, se pusieron de novios y hace algunos años se lo llevó a vivir con él a su país.

Caímos justo en el fin de semana en el que se mudaban a su casita recién comprada, así que tuvimos que sacar nuestros dotes de fleteros de la galera para poder ayudarlos a mover todo.

Fue un honor ser los primeros visitantes e invitados de esa parejita media loca y llena de ilusiones nuevas y renovadas.

Seguimos viaje. Nos despedimos de la habitación qué hace pocos días ni conocíamos, en la que dormimos por algunas noches y dónde probablemente no volveremos a dormir otra vez.
Algo que ya se nos está haciendo costumbre: lo que un día es nuestro punto de llegada a los pocos días se convierte en nuestro punto de partida y así sucesivamente, haciendo que nunca terminemos de llegar ni de partir por última vez.

Esas ilusiones que generan llegar se renuevan simplemente escribiendo el nombre de una nueva ciudad en un cartón; una especie de pasaporte que le presentaremos al nuevo conductor que nos verá parados al costado de la ruta y que nos dará una gran mano despachándonos en un nuevo puerto, donde tendremos nuevas bienvenidas y despedidas, donde seguiremos haciendo cosas por primera vez y desde el cual partiremos en pocos días hacia quien sabe donde, para conocer quién sabe qué o a quién y para, en definitiva, no terminar de llegar a ningún lugar.

Así llegamos a Eindhoven, a visitar a Nika, una holandesa con la que habíamos charlado pocos minutos en Sevilla, nos pasamos los contactos y, cuando le dijimos que estábamos en Holanda, nos ofreció alojamiento en la ciudad dónde estudia, en la ciudad donde trabaja el padre y en la ciudad dónde viven sus padres. Terminamos yendo a la ciudad donde ella estudia; Nika estaba contenta por poder recibirnos y la madre triste por no poder cocinarnos.

Nika vivía en una casa de tres pisos que compartía con otros nueve estudiantes, cada uno con su habitación privada, pero con una sala común donde cenábamos todos juntos cada día, charlabamos, mirábamos tele o jugábamos a la play.

La ciudad no tenía mucho para ver. Caminamos por el centro, visitamos el estadio del PSV (equipo local) y quemamos nuestras tardes jugando arduamente al ping pong en las mesas públicas de algunas plazas.

Nos despedimos de Nika y todos sus amigos y volvimos a partir, buscando un nuevo “llegar”.

Temo

Voy a ser sincero: no todo es color de rosas y la verdad es que hace algún tiempo hay algo raro en mi que me viene preocupando. Ya no siento la inocencia qué sentía al principio de este largo viaje, ya no siento que me sorprenda por todo como antes ni me maraville cualquier callecita así porque sí.

Supongo que debe ser algo normal después de tanto tiempo de yira, pero a su vez es algo que me da miedo y me lleva a replantearme muchas cosas. No queda otra que darle pelea, habrá que cambiar el chip por uno que esté sin usar.

Dejamos Holanda, un país en el que encontramos muchísima gente amable y amistosa en cada lugar en que estuvimos, sin duda lo más valioso de este país.

Llegamos a Amberes, Bélgica. Una ciudad famosa y visitada por sus joyas y por siempre estar a tono con las tendencias de la moda… aspectos con los que, claramente, nosotros no somos muy afines y mucho menos en esta etapa de mochileros.

Allí fuimos alojados por Paulina, una polaca que contactamos por CouchSurfing y que vivía con su novio belga, su hijo León de 2 años y una estudiante armenia.

Caminamos la ciudad. Nos gustó mucho la arquitectura belga y su estación de tren qué ha sido catalogada como la más linda del mundo, pero lo mejor fue quedarnos toda una tarde haciendo de niñeros de León y de su noviecita Elise.

Dejamos Amberes para irnos a dedo hacia Bruselas. Una nueva capital de país conquistada a dedo.

Allí nos alojaría Ksenia, una rusa que había conocido durante mi intercambio en Brasil.

Nuestro dedo fue muy exitoso ya que a las 2 de la tarde llegamos a la ciudad, pero Ksenia estaba volviendo de un viaje a España, razón por la cual nos tuvimos que quedar en un bar irlandés tomando cerveza y mirando por la tele como un tandilense levantaba la primera Copa Davis de nuestra historia… No salió tan mal, después de todo, estar un rato varados en la calle.

Bruselas es la capital de un país algo inventado por los franceses para tener una barrera en el norte antes que lleguen las invasiones bárbaras. Quizás por eso tenga mucha influencia francesa y varios de sus edificios son inspirados en edificios franceses.

La plaza central de Bruselas es hermosa, los edificios que la rodean eran antiguamente los edificios de los gremios, que están llenos de oro en la decoración de sus fachadas y el ayuntamiento con una torre altísima.

También es una de las capitales de la unión Europea. En esta sede hay un museo gratis sobre la historia general de Europa, muy interactivo y recomendable.

Mientras transcurría nuestra primer noche en lo de Ksenia recibí al celular un mensaje de Nao, una puertorriqueña a la que le había perdido el rastro después de su intercambio en Tandil.

En su mensaje me preguntaba dónde estábamos. Me contó que ella vivía en Nueva York y trabajaba de azafata así qué le bastó con que le diera mi paradero y mi visto bueno para que se tome el avión que estaba saliendo en dos horas hacia Bruselas. Vendría a visitarnos y a los dos días volvería a Estados Unidos. Su trabajo... soñado; y ella, una loca.

Ksenia nos llevó a Nao, a Juan y a mi a Delirium, el bar con más cantidad de cervezas en el mundo: poco más de 3000 marcas de cervezas diferentes.

Brindando con algunas de aquellas tantas cervezas por los reencuentros nos fuimos despidiendo de Bruselas para seguir llegando y para seguir partiendo.

Les mandamos un abrazo enorme a todos.

Con el cariño que nos merecen.

Coco y Juan.

"Esta realidad tirana que se rie a carcajadas porque espera que me canse de buscar"



lunes, 13 de marzo de 2017

sea

Marcas de Guerra

Split fue quizás uno de los destinos donde tuvimos menos ganas de estar. Fue una ciudad que quedó varada entre nuestra tristeza por dejar Hvar y la excitación e incertidumbre de salir a rodar por nuevas rutas .

No es una ciudad que no valga la pena, al contrario. Es una ciudad bastante grande con un centro histórico que merece ser caminado, un gran puerto, playas de piedra y otras de arena y varias montañas alrededor.

Tuvimos días tranquilos junto a Luis Alberto, un chileno que conocimos en el hostel en el que nos podríamos alojar gratis por pertenecer al mismo dueño que el hostel de hvar, donde habíamos trabajado los últimos meses.

Luis venía viajando desde hace bastante tiempo por diferentes puntos del globo, asique aprovechamos a recibir algunos consejos y marcar nuevos lugares en nuestra hoja de ruta. Con la esperanza de poder visitarlos en un futuro cercano.

Para ser sincero, no estaba muy informado sobre los paises balcanicos y las guerra yugoslavas que llevaron a conformarlos. Fueron algunas charlas con Luis las que me inspiraron a quedarme leyendo sobre la historia de los países que recorreremos en las siguientes semanas.

Al día siguiente viajamos desde Split hacia Mostar, Bosnia y se hacía loco pensar que en menos de 30 años atrás esas mismas rutas probablemente hayan sido usadas por motivos bélicos.

Durante la década del 90, las guerras de los países balcánicos llevaron a la disolución de Yugoslavia y a la creación de países como Eslovenia, Croacia, Bosnia y Herzegovina, Montenegro y Serbia.

Los motivos de la guerra no fueron solo politicos y economicos, tambien estaban en juego los racistas ocasionados por las diferentes religiones que conviven en esa región. Esta convivencia de religiosos, ortodoxos y musulmanes llevó a una de los mayores genocidios después de la Segunda Guerra Mundial.

La zona de Bosnia y Herzegovina fue la más afectada, ya que era donde había mayor mestura de religiones, con una gran cantidad de musulmanes.

En la ciudad de Mostar, un río separa la zona de católicos de la zona de musulmanes. El odio a estos últimos llevó a la destrucción del puente que era símbolo de la época otomana, creado en el siglo XVI. para unir ambos lados de la ciudad.

Hoy en día, en el mismo lugar hay una réplica del original y es el mayor atractivo turístico con el que cuenta Mostar. Alrededor se ven muchas inscripciones haciendo alusión a no olvidar lo ocurrido durante la guerra en el año 1993.

La ciudad se encuentra en un valle, rodeada por sierras altas y su centro histórico es especialmente atractivo gracias a la mezcla de culturas y religiones que allí conviven. Muchos edificios siguen en ruinas y la fachada de muchas casas siguen teniendo las marcas de los disparos.

Nosotros nos alojamos del lado musulmán, que nos resultó sustancialmente distinto a todo lo que habíamos visto sobre esta religión en Marruecos, donde nos sacaban a patadas si intentábamos entrar a una Mezquita por no ser musulmanes, mientras que en Bosnia y Herzegovina te cobraban entrada en caso de que no estés yendo a orar.

Exhiben sus templos como museos, aprovechando el atractivo que era a edificios que habían sido bombardeados durante la guerra y reconstruidos posteriormente.

El próximo punto marcado en nuestra ruta sería Sarajevo, la ciudad capital. Estuvimos varias horas bajo el sol que iluminaba a Mostar sin tener ni un gramo de suerte. Ya agotados decidimos movernos a intentar en otro punto que, según el mapa parecía más atractivo para nuestros pulgares.

Nada de eso, estábamos en plena ruta y no parecía haber forma que nadie se apiade de nosotros. Ya estamos por tirar la toalla e ir a la terminal cuando un auto que venía en sentido contrario dobló en “u” y nos levantó. Era una pareja de Omán que estaba vacacionando en el país, había pasado por donde estábamos y volvieron a buscarnos…algo que parece increible, pero qué sucede muy a menudo en la rutina de quien viaja a dedo.

El paisaje que envolvía nuestra ruta nos hacía estar con las narices pegadas a las ventanillas. En Bosnia hay muchas montañas altas cubiertas por bosques verdes y ríos a sus pies. Un paisaje que nos sorprendió.

Sarajevo es una ciudad totalmente histórica. No solo fue duramente golpeada durante Las Guerras Yugoslavas, también fue el escenario del hecho central que desencadenó en la Primera Guerra Mundial: conocido como el “Atentado de Sarajevo”, cuando balearon al heredero de la corona del Imperio Austro-Húngaro y su esposa.

Un tanto movidito el siglo XX para los bosnios… tanto así que las principales atracciones de su capital tienen que ver con acontecimientos bélicos.

La convivencia de religiones aquí también está presente, aunque la mayor influencia sea la musulmana, atada a la curiosidad de ver musulmanes rubios y de ojos celestes que visten turbantes.

Caminando por el centro histórico se puede encontrar una catedral católica, una mezquita musulmana, una catedral ortodoxa y una sinagoga judía, todo en contadas manzanas a la redonda.
Nuestro ultimo dia en la ciudad nos juntamos con Sarah, una alemana que estaba realizando un intercambio, a las ruinas de un fuerte sobre una montaña. Teníamos a un lado el paisaje verde y montañoso y al otro una vista panorámica de la ciudad, con el sol cayendo por detrás.

Nos fuimos de Bosnia. El país nos venía gustando mucho por su historia viva, pero nos venía faltando el tener contacto con locales para aprender sobre su forma de vivir la vida.

Aires serranos

Salir de una ciudad grande a dedo suele ser complicado, por lo que nuestra estrategia para escapar fue irnos en micro hasta un pueblito intermedio entre Sarajevo y la ciudad cercana a la frontera que algun local nos había recomendado.

Nos dirigimos hacia Jajce, un pueblito pequeño, perdido entre los bosques y con una cascada alta como principal atractivo turístico. Allí un hostel nos dejó armar la carpa en su patio por una módica suma.

Nos quedamos con ganas de pasar algunos dias mas alli, pero ese pueblo fue solamente de paso para nosotros.

Salimos a hacer dedo con rumbo a Bihac. Otra vez varias horas esperando, otra vez el sol nos la hacia mas difícil, al punto de tener que turnarnos para que alguno pueda descansar a la sombra, otra vez dijimos “basta” y un auto paro.

En Bihac nos alojaría Emina, una chica que contactamos por CouchSurfing. Vivia con sus padres y su abuela en una casa enorme con un jardín aún más grande, lleno de frutales y varias manzanas maduras dispersas en el pasto.

El padre era un ex combatiente que mataba el tiempo mirando televisión en el cuartito donde nosotros dormiriamos. En si el tipo estaba como quería. En ese cuartito nadie lo molestaba, tenía siempre su botella de cerveza, sus cigarros, algo de comida que le acercaban las mujeres de la casa y un torneo de tenis que le demandaba varias horas de concentración.

En parte me arrepiento de haberle dicho a ese hombre que soy de Tandil… desde ese momento hasta que nos fuimos no paro de repetirme que le tenía que hacer llegar un autógrafo de “Del Porrrrto”.

Pasamos mucho tiempo con él, mirando tennis, acompañándolo a comprar más cerveza y conversando aunque no hablaba ingles y apenas se nos hacía entender con algo de italiano. Lo que empeoraba cuando llegaba la abuela de Emina, que nos hablaba en bosnio y se quedaba esperando respuesta de nuestra parte.

La ciudad me hacía acordar bastante a mi Tandil, con un río al que todos iban a pasar el dia al mejor estilo Lago del Dique, varios espacios verdes y algunas sierras bordeando el área urbana.

Emina estaba muy preocupada porque la pasemos bien durante nuestra estadía, nos llevaba a tomar café o cerveza por ahí y nos organizó un asadito en el jardín. Nuestra idea era pasar dos noches en Bihac, pero nos sentíamos tan a gusto con la hospitalidad recibida y sumado al pedido de que no nos fuéramos tan pronto, terminamos quedándonos dos noches de más.

Antes de irnos Emi nos comentó que con nosotros había sentido una química especial desde el momento que nos vio parados con las mochilas en la puerta de su casa. Es muy extraño como pasan esas cosas con ciertas personas que pasan de ser desconocidos a buenos amigos sin darnos cuenta.

Por suerte nos pudimos ir de Bosnia y Herzegovina teniendo la experiencia de compartir momentos con gente local y llevándonos una nueva gran amistad.

Cien años de perdón

Fuimos haciendo dedo hasta cruzar por la frontera norte entre Bosnia y Croacia. El último auto nos había dejado en un pueblo llamado Karlovac, a muy pocos Km de nuestro destino Zagreb.

Estabamos muy disconformes con el lugar donde nos habían tirado: plena ruta, no había espacio para que un auto parara y mucho menos a la velocidad que pasaban.

Le decía a Juan “La única chance que tenemos es con los autos que vienen solos, si tienen alguno atrás no van a frenar y si vienen atrás de un camión ni nos ven… encima los camiones no van a parar ni en pedo”.

A lo lejos asomaba un camión con un acoplado enorme, custodiado por una cola de muchísimos autos

“Ves?”, seguí “este hdp nos caga con todos los autos que vienen atrás y encima no para ni en pedo”. Levantamos el pulgar casi por compromiso, el camión pasa y escucho que Juan, que estaba calladito atras mio, me dice “Que dijiste??”

El camión había parado en la mitad de la ruta haciendo que casi haya una tremenda colisión entre los autos que venian atras y los que venían por el carril contrario… además de los bocinazos y las puteadas recibidas por el camionero y por nosotros.

En Zagreb nos quedamos en el depto de Dora, una de las compañera de trabajo en Hvar, y su hermana Iva, a quien también habíamos conocido en la isla. Vivían en una zona residencial, que daba la sensación de no estar dentro de una capital de país.

Nos atendieron como reyes, preocupadas porque tuviéramos siempre la panza llena. Además de acompañarnos a pasear siempre que no tuvieran que cursar o estudiar.

Según nos comentaron, Zagreb tiene una arquitectura similar a las demás capitales de la zona (Liubliana, Viena, Bratislava, Budapest, etc), pero tiene la particular de que su origen se debió a la fusión de dos pueblos enemigos para poder combatir contra las invasiones otomanas.

En la noche anterior a partir, nos juntamos con otra Dora, una croata que había conocido años atrás durante su intercambio en Tandil.

Ella nos llevó a un festival de comidas que organizaba una amiga suya y nos hizo probar algunas cosas tradicionales croatas como Rakija (bebida típica), algunos vinitos de la zona y algunas comidas de nombre impronunciable.

De por si, esta Dora es una chica muy extrovertida y esa noche estaba elevada a su máxima expresión, ya que la habían ascendido en el trabajo… no paro de hablar en toda la noche, con nosotros y con el que se cruzara en la calle. Fue una linda velada en su compañía.

Al día siguiente nos debíamos encontrar en frente a una plaza con el conductor de nuestro Blablacar.

Llegamos con algunos minutos de antelación, bajamos las mochilas para descansar los hombros y Juan se fue a comprar algo para agotar sus últimas Kunas mientras yo custodiaba el equipaje.

No pasó ni un minuto que se me acercaron dos tipos de pinta muy poco amigable. Uno de ellos me habló en croata y al decirle que no hablaba su idioma me empezó a decir en inglés que eran dos policías encubiertos, que pensaban que teníamos droga en las mochilas y que querían ver mi identificación.

Era muy obvio que querian robarme, así que le decía que no les iba a mostrar nada si no me mostraban su identificación de que realmente eran policías...mientras ganaba tiempo para que Juan vuelva para ser dos contra dos y procuraba custodiar las mochilas.

De un momento para el otro el segundo tipo había desaparecido y mi guitarra ya no estaba donde la había dejado. Me entró la desesperación, pero no podía hacer más que esperarlo a juan para que se quede cuidando las cosas mientras yo salía a buscar al que me había afanado.

Llegó Juan y me fui corriendo a darle la vuelta a la manzana y caminar por donde suponía que podría haberse ido el chorro. Era imposible, estaba en una avenida llena de gente y por la que pasaban trenes, autos y colectivos.

Volvía corriendo, preocupado porque no le intentaran robar a Juan durante mi ausencia, cuando veo al supuesto policía encubierto cruzando la calle lo más campante. Con el impulso que traía le di un empujón, el tipo cayó contra el cordón, alcance a insultarlo y darle alguna patada en el costado, pero la gente nos separó.

Juan tenía las mochilas bajo control, de hecho estaba a lo más tranquilo boludeando con el celular. Por lo que volví a dar una vuelta más grande a ver si encontraba al que se había llevado la guitarra, pero no tuve suerte.

La bronca, mezclada con la impotencia y la adrenalina se me habían subido a la cabeza… dejando espacio para la angustia que tenía por haber perdido esa guitarra. Pensaba en que tendría que haberle hecho algo al que tenia ahi tirado antes de que nos separen, el tipo me había cagado y se estaba saliendo con la suya como si nada.

No soy de los que suelen solucionar las cosas con los puños…no me parece algo muy inteligente y ademas en mi balance personal tengo muchas mas peleas anotadas en el Debe que las que tengo en el Haber.

Volvia a donde estaba Juan cuando veo al supuesto policía sentado sobre una plataforma en una de las esquinas de la plaza. Lo encare de frente, le pregunte donde estaba mi guitarra y sin que me responda le di una piña en la cara. El tipo cayó acostado sobre la plataforma a la que me subí para tenerlo dominado y darle algún golpe más en caso de que intente reaccionar. Lo deje cuando note que estaba indefenso y que ya había tenido su merecido..

No me enorgullece lo que hice, pero al menos así no me iban a robar y llevarselas de arriba. De paso tambien descargue la bronca que contenía.

A todo esto llego nuestro auro. Tomamos nuestras cosas y nos estabamos yendo cuando veo a lo lejos al que me había robado y tenía mi guitarra consigo.

Le aviso a Juan para que cuide mi mochila mientras iba al rescate de la guitarra. Sigo sin entender por qué Juan me dijo que lo espere y fue a llevar sus cosas al auto. De lejos veía como saludaba a la pareja que nos iba a llevar, les ayudaba a acomodar el equipaje, les contaba de dónde éramos, por donde habíamos viajado, que quería ser cuando sea grande y probablemente haya tocado otros temas como el gobierno de Dilma en Brasil o del rendimiento de Pisculichi en el River de Gallardo.

Para cuando volvió a buscar mi mochila ya había perdido de vista al chorro entre toda la gente que divagaba por la plaza.

Salí a buscarlo sin pasar cerca de la plataforma donde había golpeado al otro tipo, ya que ahora estaba con cuatro o cinco malvivientes a su alrededor.

Se me hacia dificil encontrarlo, hasta empezaba a dudar si al que había visto realmente era al que estaba buscando. Empezaba a pegar la vuelta cuando veo que todos los de la plataforma se iban y solo queda el supuesto policía ensangrentado y el chorro con mi guitarra en una de sus manos.

Me les fui acercando de a poco, sin dejar que me vieran, ocultandome entre la gente que pasaba, hasta que desde el punto justo empecé a correr en su dirección y cuando los tuve al lado le pegue un tirón a la guitarra y se la saque de las manos.

Seguí mi carrera hasta el auto donde me esperaban festejando mi hazaña juan y la pareja, con quienes mi carta de presentación no fue para nada ortodoxa ni protocolar.

La cosa no termina ahi.  Estabamos a pocos Km de la frontera con Eslovenia cuando Juan me preguntó si tenía mi pasaporte a mano para presentarlo.

Recordé que esa mañana no lo había visto en el bolsillo de siempre mientras armaba la mochila. Se me cortó el aire pensando que me lo había olvidado en Zagreb

Busque dentro de la funda de la guitarra, solo porque era lo único que tenía a mano y ahí estaban todos mis documentos más importantes!! No se en qué momento los puse ahí.

El festejo por haber recuperado la guitarra fue aún mayor.

Amanecer en una cabaña

Probablemente Liubliana haya sido la ciudad qué más nos gusto en un primer pantallazo. Es una capital de país de solo 300.000 habitantes qué te da la sensación de tener un alma joven, pero al mismo tiempo mantener su imagen de vieja ciudad europea.

 Por un lado se ven grafitis en las paredes las paredes de las calles y sapatillas colgadas de los cables. Por otro lado edificios viejisimos e imponentes, muchos espacios verdes y un castillo vigilando la ciudad desde la cima de una sierra.

El dragón es el símbolo de la ciudad, por lo que se ven estatuas de este animal mitológico en los lugares donde normalmente, en cualquier otra ciudad, hay estatuas de leones.

 La primer noche estuvimos obligados a dormir en un hostel. Dejamos las mochilas y nos fuimos a tomar algo a un parque con Ziga, un chico que contactamos por CouchSurfing.

Le contamos sobre nuestro viaje y el nos contó sobre sus planes de viajar por España y Marruecos. Pegamos buena onda, levanto el telefono, llamo a su compañera de piso, le pidió permiso para que pasemos algunas noches allí y así de simple nos estiro nuestra estadía en la ciudad.
Esa misma noche nos llevó a conocer matelcova, un mini barrio totalmente alternativo, dónde hippies, punks, darks y otras etnias sociales conviven sin molestara nadie y sin ser molestados.

Son dos cuadras de bares con música alternativa y decoración extravagante en las calles (les recomiendo googlearlo, es difícil describirlo).

Ziga vivía en una zona residencial un tanto apartada del centro, pero con facil y rapido acceso en las bicicletas que nos prestaron. La casa y su jardín eran enormes, por lo que se dividía en varios departamentos en los qué vivían dos personas.

De los 8 qué eran en la gran casa, 6 bailaban tango y milonga, algo que aparentemente está de moda en Eslovenia. Según una de las chicas, esto se debe a la experiencia de un baile de contacto con la pareja, algo que no es muy recurrente en la cultura de ese país, donde hombres y mujeres se saludan dándose la mano y a la mayor distancia posible.

Con Ziga y Jana pasamos días relajadísimos, paseando en bici por la ciudad, yendo a un parque enorme, comiendo en el jardín, etc.

Solo por buena onda, Jana nos llevó como 60Km en su auto hasta nuestro próximo punto en el mapa.

En principio nuestra idea era ir a Bled, una ciudad en el noroeste de eslovenia que nos había recomendado el chileno que conocimos en Split y que ya estaba en la zona de los Alpes. Finalmente di con un Couchsurfing en Bohinjska Bela, un pueblito a 4 km de Bled (si, para ellos 4km ya es un pueblo diferente).

Nuestro anfitrión se llamaba Tom, un chico de 26 años que nos llevó a dejar la mochila a su casa y directo a una cabaña en el medio del bosque donde sus amigos y algunos otros extranjeros nos esperaban con algunas cervezas de bienvenida sentados alrededor de un fogón.

Tom y sus amigos eran chicos de pueblo que, aunque vivían cerca de la ciudad más turística del país, disfrutaban de pasar sus ratos en la naturaleza, lejos del bullicio y los turistas.

Junto a Tom, Dino y Mina pasamos las tardes paseando en el auto de Tom. Fuimos al castillo, a lagos desolados entre las montañas, y a una famosa pista de esquí que estaba a solo 4 km de la frontera con italia.

Tom tenía que hacer algunas cosas en Liubliana, por lo que ese día nos dio a elegir entre dos opciones: o nos alojaba hasta el día que se tenía que ir o nos daba las llaves de la cabaña y lo esperábamos ahí hasta su regreso. La opción escogida creo que se cae de madura.

Nos quedamos dos noches en el bosque, lejos de todo. Compramos algunas provisiones y disfrutamos de la paz en la naturaleza.

Si nos aburríamos nos íbamos hasta Bled a tomar unos mates a orillas del lago y luego ir nadando hasta la islita donde estaba la iglesia que se ve en todas las postales de la ciudad.

Tom y Dino volvieron de su viaje. Tuvimos nuestra última cena junto a ellos dos, mina y su novio, en la casilla rodante dónde vive este último. A las 6 de la mañana del día siguiente los chicos nos pasaron a buscar por la cabaña para llevarnos a la estación de tren.

 Eslovenia fue un país al que fuimos casi por casualidad, dónde no esperábamos nada y dónde nos sorprendimos muy positivamente.

Tanto el alma joven de Liubliana, como los paisajes en la zona de los Alpes y sobretodo la amabilidad de su gente qué, a pesar de ser declaradamente distantes, formales y respetuosos, son muy amigables y no dudan en tenderte una mano.

Todos esos son los ingredientes perfectos para decir que Eslovenia es un país al que vale la pena volver algún día.

La vida es una tombola

Nicolás y Juan Pablo eran dos compañeros que planeaban cambiarse juntos a mi escuela pero los planes se derrumbaron cuando Juan Pablo se mudó a Río Gallegos. Hasta ese entonces yo no conocía a ninguno de los dos.

En el sur, JP conoció a Santiago, un chico que se mudaría muy pronto a Tandil y decidió pasarle el contacto de Nicolás, para que no esté solo en su llegada.

Nico finalmente se cambió a mi colegio y, gracias a que entablamos una buena relación por aquellos años, me presentó con Santiago una vez que este llegó a la ciudad.

Con Santiago nos hicimos muy amigos y, gracias a esa amistad, conocí a su hermano Juan Alberto. Gracias a un viaje que hicimos juntos por ahí alguna vez es que hoy estamos dónde estamos, viajando juntos por ahí otra vez.

Seguramente, gracias a que una tarde de hace siete años atrás no tenía nada mejor qué hacer qué aceptar la invitación de nico a jugar un partido con sus primos austriacos que estaban de visita fue que conocí a Matteo y Moki a quienes ahora visitaría en Graz, Austria.

Llegamos haciendo dedo y tuvimos suerte de encontrar a Matte en la ciudad y de poder haber sido invitados a quedarnos en casa de su madre.

Después de siete años vi cambios notorios en su personalidad: muy maduro, inteligente y suelto para charlar sobre diferentes temas.

Tanto Matte como Moki son nacidos y criados en Austria, pero sus padres y casi todos sus parientes son argentinos, por lo que son una perfecta mezcla entre nuestra cultura latina y la rigurosa cultura alemana… aunque tirando bastante para nuestro lado.

Si bien nos mostraron la ciudad durante el día, ambos estaban más preocupados por que la conozcamos por las noches.

Para protegerse de las invasiones turcas, la población de Graz de la época construyó cientos de túneles y cuevas en el interior de una sierra para poder esconderse.  La fiesta más rara a la que asistimos fue una de tipo “under” en una de esas cuevas, con música electrónica extremo

No es a lo que estamos acostumbrados, ni cerca, pero estuvo bueno para conocer algo diferente.

Durante el fin de semana se celebraron unas fiestas tradicionale y la gente salía a la calle con los trajes típicos. Esos trajes que nosotros conocemos como típicos de la zona de Bavaria en Alemania porque son los que se usan en las Oktober Fest. En realidad los trajes son tradiciones también  en Austria y Suiza.

Esta fiesta también era similar a la Oktober: además de las vestimentas, la gente se reunía en el centro desde muy temprano y empezaba a beber cerveza tirada en vasos enormes… cada uno iba con el vaso que traía de su casa.

Con los chicos pasamos a ver el ambiente, pero ellos no son tan allegados a las culturas tradicionales del país, por lo que nos quedamos en la nuestra, charlando de la vida en algún bar.

Se termino ese lindo fin de semana y tanto ellos como nosotros teníamos que partir.

Llegamos haciendo dedo hasta Viena, allí nos alojaría Lisa, una alemana que toda su vida universitaria la pasó en la capital austriaca y que había conocido cuando estuvo de intercambio en Mar del Plata.

Ella compartía piso con Kristina, una croata que de chica se mudó a Viena con su familia escapando de la guerra.

Dos chicas muy buena onda y con mucha alma viajera. Charlabamos todo el tiempo sobre nuestro viaje, de sus viajes realizados y de los tantos otros que están planeando.

Viena es una ciudad con mucha cultura y muchas cosas para ver. Tuvimos la suerte de poder caminarla de arriba a abajo. Llaman la atención los edificios y palacios imperiales, con el imponente estilo del imperio Austro - Húngaro.

Para no ser menos, nos hicimos los cultos. Fuimos a recorrer las decenas de salas decoradas con cientos de pinturas en el enorme Museo de Arte y, sobretodo, fuimos a ver una obra a la Ópera donde hace varios años Mozart tocaba sus partituras… aunque a Juan Alberto le prohibieron la entrada por ir de bermudas, no daba con la etiqueta requerida.

Obviamente, todas estas visitas se las debemos a Lisa que, sabiendo del bolsillo escueto que suele tener un viajero como nosotros, nos comento que todos los martes había en la ciudad actividades culturales que podían hacer gratuitamente y que había un truco para que a la ópera podamos asistir pagando solo 3 Euros.

Luego de nuestro último amanecer en Austria, antes de salir a hacer dedo, nos encontramos sobre la mesa de la cocina dos paquetes de obleas y un cartelito que decía:

“Qué tengan un viaje increíble, que conozcan mucha gente genial, que vean muchos lugares hermosos. Lo siento por no haber tenido tiempo para mostrarles la ciudad linda, Viena. Gracias por venir. Besos. Lisa.”

Una genia!

Como siempre, los locales no miden la ayuda que nos dan abriéndonos las puertas de sus casas o indicándonos qué hacer alli. Con solo dar una vuelta por ahí o tomar unos mates a nosotros ya nos están cumpliendo con las expectativas y, no conformes, suelen darnos mucho más que eso.

Cuando uno viaja empieza a darle valor a pequeños gestos y a disfrutar de la compañía de todos los que encuentra a diario. Eso ya es más que suficiente. Eso es básicamente de lo que se trata el viaje.

Imperio tras imperio

Haciendo dedo fuimos de Viena a Bratislava, las dos capiales de paises más cercanas del mundo.

En la capital de Eslovaquia nos alojaria Eva, amiga de una amiga. Nos brindaria hospedaje sin siquiera conocernos y además lo haria cuando apenas había llegado de un viaje de dos semanas por Israel… de hecho llegamos a su casa antes qué su avion aterrice.

En nuestra cena de bienvenida comimos una comida tipica junto a ella, su novio y su hermana. Dónde vivia Eva quedaba un tanto lejos del centro, por lo qué pudimos caminar por la parte no turistica de la ciudad.

No es una ciudad muy grande y su centro historico es conocido por unas estatuas raras qué estan dispersas por alli. La más famosa de ellas es un hombre saliendo de una alcantarilla en homenaje a los trabajadores.

Hay un castillo en lo alto de una sierra qué otorga una vista panoramica ideal para sentarse a tomar mate.

Nos quedo la sensación de ser una ciudad qué sufre el estar rodeada por Viena, Budapest y Praga, por lo qué suele ser simplemente un lugar de pasó para todo el turista qué esta visitando las capitales imperiales y nosotros no fuimos la excepcion.

Intentamos ir a dedo hasta la capital hungara, pero esta vez la suerte no estuvo de nuestro lado. Estuvimos cinco horas parados en una esquina con el pulgar levantado, pasaron centenres de autos y ninguno paro ni siquiera para mirar detenidamente su GPS. Ese seria nuestro record de espera al costado de una ruta durante toda nuestra estadia en Europa.

Llegamos casi a medianoche a Budapest, Lucho Fernandez nos estaba esperando para cenar y sacarnos a conocer la noche budapecina. El es un tandilense qué hace cuatro años llegó a Hungria pensando qué se quedaria solo por un ano y qué sigue sintiendo al país y la ciudad como algo momentaneo. Es más, en su sala hay dos relojes enormes, uno con la hora de Hungria y el otro con la hora de Argentina y entre ellos un mapa de Tandil.

Fuimos a los conocidos como “bares en ruinas”, una movida qué hace algunos años es moda en la ciudad: luego de la guerra, muchas casas grandes y centricas quedaron abandonadas y muy venidas a menos. Los jovenes las fueron tomando para hacer bares y las fueron decorando con materiales reciclados o chatarra qué encontraban en las calles, creando una onda muy especial en la zona.

El resto de los dias salimos a tomar mate a parques durante el día y a conocer edificios increibles como el parlamento por las noches, cuando la luz articial los hace resaltar en la oscuradad.

Tuvimos de guia a Lucho y a Fede (un olavarriense emigrado) y cuando ellos no podian la teníamos a Edina, una hungara qué estuvo de intercambio en Tandil y qué es tan buena qué a veces dan ganas de pedirle algo de rebeldia. Se hizo un grupo grande, ya qué se nos sumo una cordobesa qué no se como la conocimos y el chileno qué habíamos conocido en Split y qué de casualidad nos encontramos en hungria.

Alli en Budapest tuvimos por primera vez la experiencia de meternos a Free Walking Tour: una iniciativa qué esta en casi todas las ciudades europeas, en la qué un guia te lleva caminando por diferentes puntos turisticos de la ciudad, contandote sobre la historia y la cultura y el precio qué se paga es a donoren, según lo conforme qué se haya quedado uno con el servicio y según su bolsillo.

Fue la primera vez qué lo hicimos e hicimos dos toures difrerentes en esa misma ciudad. Sirvio para conocer algo de la historia de un país qué pasó de ser una parte del Imperio Austro - Hungaro, teniendo una de las dos capitales de este, a ser invadida por el regimen nazi y luego por el regimen sovietico Con esto tuvo diferentes formas de gobierno totalmente opuestas, en menos de un siglo.

Buscándole el sentido a la vida

Nos quedamos una noche más de lo pensado ya qué por primera vez (y esperemos qué por ultima) perdimos nuestro micro. Por suerte Lucho nos dio cobijo sin cobrar demasiado.

Finalmente llegamos a Cracovia, dónde nos alojaria Tomasz una noche y Monica la noche restante. Dos chicos qué contactamos por CouchSurfing.

El día había sido larguisimo. Nos habíamos levantado a las 5 de la mañana para no perder de nuevo el micro, llegamos a las 14 a polonia y tuvimos qué esperar hasta las 21 para encontrarnos con Tomasz.

No conciente de nuestro cansancio nos llevó a unos bares a brindar por su encuentro y, ya en su casa, nos servia chupitos de vodka polaco mientras teníamos una entrevista con una radio de Tandil… no creo qué nuestras historias hayan captado la atencion de muchos radioescuchas.

Al día siguiente fuimos a conocer Auschwitz, ciudad en la qué se encuentra el mayor Campo de Concentracion Nazi.

Pudiendo pagar entrada simple y barata, nos dimos el lujo de poner algunas monedas más y contar con un guia en espanol. No es algo qué nuestro modo gasolero de viaje nos permita hacer muy a menudo, pero estabamos seguro qué en ese lugar realmente valdria la pena y por suerte así fue.

El Campo de Concentracion es un lugar totalmente escalofriante qué ayuda a “entender”como funcionaba la filosofia Nazi.

Ser prisionero de ese campo era morir a fuego lento. Lo maximo qué llegaba a durar con vida una persona alli eran tres meses desde su entrada al campo.

Poco a poco los nazis les iban quitando a sus prisioneros las fuerzas fisicas, exigiendoles trabajos forzosos y practicamente sin darles comida. También los iban debilitando mentalmente, haciendoles perder su dignidad humana, humiyandolos y logrando qué se quieran matar entre ellos.

Quienes más tiempo sobrevivian eran quienes, a pesar de las adversidades y torturas recibidas, no se dejaban abasayar y seguian firmes en la creencia de qué la vida aún tenía sentido y qué valia la pena seguir luchando por salir de alli con vida.

El recorrido nos fue llevando por todas partes: los cuartos dónde vivían los prisioneros, donde los torturaban y dónde les quitaban la vida. Cada edificio y cada cuarto estaba decorado con fotos, cosas qué hayan quedado de la epoca, carteles explicativos y frases profundas. A cada pasó se te suben y se te bajan los escalofrios y se te pone la piel de gallina.

Me llamo la atención un cartel a la entrada de uno de los edificios que decía “todo el que olvide el pasado está condenado a repetir esto.”

Podría darles más detalles de como era vivir un día ahí dentro, pero creo qué no tendría sentido. Hay muchos libros y peliculas qué ya muestran esas cosas. Lo qué si les puedo decir es qué estando ahí uno siente qué lo vive en carne propia, deja de ser ficcion y pasa a ser realidad.

Al final de la visita, el guía nos dejó unas palabras muy ciertas que intentaré emular:

“Se que todo lo que vieron hoy no es para nada agradable, pero forman parte de nuestra historia. Nadie está excento de que esto se repita. Los fanáticos políticos o deportivos, la xenofobia, la homofobia y tantos otros males de nuestros días son los que terminan en esto. El creerse superior a otros solo por ser diferente es la base del pensamiento nazista. Este lugar nos debe recordar a toda la humanidad los errores qué somos capaces de cometer.”

En el bosque muy contento

Un nuevo viaje a dedo nos dejó en Dolny Kubin, un pueblito eslovaco cercano a la frontera con República Checa al que llegamos con la intención de visitar a Zuzana, una chica que había estado hacía unos seis años de intercambio en Tandil.

Hacia menos de una semana qué Zu y Pavol, su marido, se habían mudado a una casita en el bosque y encantados de la vida recibieron a estos dos pesados viajeros que pasaban por allí, sin importarles que apenas se estaban acomodando.

La casa era más bien una cabaña que los últimos dueños usaban para pasar el fin de semana, pero para Zu y Pavol sería el lugar para estar de forma permanente. Estaba a unos dos km del pueblo, donde sólo había bosques y paz.
Yendo a los detalles de la vida cotidiana de este joven matrimonio les podemos decir que la cabanita no tenía agua, Pavol debía ir varias veces al día hasta un manantial cercano para cargar bidones con agua. Tampoco había bano, las necesidades había que hacerlas en un baño químico y para ducharnos debíamos calentar el agua del manantial en ollas, después con llenar una bolsa - ducha, colgarla en un árbol y a ducharse al aire libre a pesar de las bajas temperaturas.

Los gastos en los que debieron incurrir para adquirir la casita les hacía imposible hacerse un baño o traer agua desde un pozo y no iban a poder hacerlo por lo menos hasta que pase el invierno crudo que se vive en esa zona de montana.

Si alguien cree que algo de todo esto le importaba a Zu o a Pavol está muy confundido. Ellos estaban felices de poder vivir en contacto pleno con la naturaleza. No hacía falta preguntarles, transmitían paz cuando hablaban y amor en sus miradas cuando se miraba el uno al otro. Se notaba que eran felices de verdad, sin pretender aparentar nada de más.

En nuestro primer día nos llevaron hasta un Parque Nacional cercano a dar una caminata. Tuvimos suerte porque el día acompañó y el sol hizo más lindo el andar entre los árboles del bosque y las montañas.

Los días restantes de nuestra estadía fueron con cielo gris, lluvia y muy pocos grados de temperatura, por lo que nos dedicamos a disfrutar de la vida relajada dentro de la cabaña del bosque… tomando mate, escuchando música y mirando el agua caer y el viento mover la copa de los árboles altos del bosque desde el otro lado de la ventana.

Antes de casarse, Zuzana y Pavol habían viajado 14 meses en bicicleta: 10 por América Latina (desde Costa Rica hasta Ushuaia) y 4 meses más rondando por Europa. Quizás por ese motivo hayan sido excelentes anfitriones, brindándonos total hospitalidad, preparándonos comidas eslovacas y haciéndonos sentir que sinceramente su casa era nuestra casa y que allí podríamos quedarnos el tiempo que quisiéramos.

Después de comer una sopa de lechuga y brindar con una copa de vino por nuestra última cena juntos, Zuzana y Pavol nos mostraron un video que hicieron con imágenes de su viaje en bici… esa clase de videos que te dan ganas de viajar, aunque ya estés viajando.

Nos despertamos en la mañana siguiente. Mientras preparábamos las mochilas Juan volvió del baño químico diciendo que estaba hermoso afuera para hacer dedo  y se puso pantalones cortos (nevaba y el termómetro marcaba que hacía tres grados bajo cero).

Nos despedimos de Zuzana y Pavol con un abrazo y sabiendo de ambas partes qué cada uno tiene las puertas abiertas para ser recibido del otro lado del globo cuando se le ocurra.

Una vez más estabamos parados al lado de una ruta, sonriendo y con el pulgar levantado cada vez que lo hacíamos sufrir afuera del bolsillo. Una vez más esa excitación y optimismo de que todo va a salir bien y qué vamos a llegar a dónde nos proponemos. Otra vez esa adrenalina de no saber qué va a pasar, ni a quién vamos a conocer ni a dónde vamos a llegar. Otra vez no importa lo que vendrá… pase lo que pase esto seguirá siendo una aventura… sea lo que sea.



jueves, 22 de septiembre de 2016

Guanuqueando

Buenas y malas vibras

Nos despertamos a las 07.00 am, sabiendo que en pocas horas volvíamos a calzarnos las mochilas.

Desayunamos con los Valverde por última vez. Tiaguito subió a vestirse para ir al cole y, cuando bajó, traía una pelota de fútbol con los colores de España firmada por él: "Para mis primos Juan Alpargatas y Bernardo el de River".

Mariana, la mamá, nos acercó algunos kilómetros para dejarnos en una rotonda donde empezaríamos a hacer dedo buscando llegar ese mismo día a Porto.

Últimos abrazos de despedida y de vuelta a la aventura.

El primero en llevarnos fue Jano. Trabajaba de Payaso en Santiago de Compostela y estaba yendo a su Nigra natal a visitar padres y amigos.

"He viajado a dedo y cada vez que veo a alguien siento la obligación de parar", fue lo primero que dijo después de presentarse. Suele ocurrir que generalmente el que se "arriesga" a levantar a un desconocido en la ruta es porque ya ha tenido esta experiencia desde cualquiera de los dos lados y sabe que no existen esos riesgos que muchos imaginan.

Fuimos todo el camino hablando y tocando temas variados como por ejemplo “la educación” "el rol de la mujer en los países islámicos" o "la guerra en Siria".

Jano era de esas personas que sólo opina con conocimiento de causa y ,cuando lo tiene, sabe fundamentar muy bien cada una de sus palabras.

La idea era que nos deje en la pintoresca Vigo, pero tuvimos tan buena conexión que nos invitó a tomar una cerveza a su pueblo.

Luego de replanificarnos el viaje junto a su padre, nos llevó a una rotonda de la vecina Baiona, nos dio un abrazo fuerte, como si fuéramos amigos de muchos años, y nos dejó esperando al próximo que se solidarice con la causa.

Tiempo después, un chico de veintidós años estacionó su coche a nuestro lado. Nos contó que, luego de haberse recibido en una carrera informática descubrió que su verdadera vocación era ser marinero de vela.

Salía de su trabajo y tenía poco tiempo para ir a almorzar a su casa y regresar. Igualmente nos dejó unos diez kilómetros más adelante, ya en tierras portuguesas, no sin antes subir a un mirador para que tengamos una vista panorámica del río que hace de frontera entre ambos países ibéricos.

En poco tiempo, un camionero portugués que volvía de su trabajo, nos levantó en su auto. Él también se paso de su destino para dejarnos más adelante y que estemos mejor posicionado.

Mientras estábamos en la rotonda, todos los que pasaban nos saludaban, gritaban y alentaban, parecían contentos que estemos ahí a la buena fortuna del destino.

Un auto que iba en dirección opuesta estacionó y, desde la banquina del carril contrario, nos dijo que tenía que hacer un par de trámites en la ciudad, pero que volvería por nosotros para llevarnos a Porto.

No tardó mucho en cumplir su promesa. Su nombre era Sergio, había vivido varios años en diferentes países de Europa hasta que decidió volver a su Porto de origen para estar más cerca de los suyos.

En el camino paró en un bar y nos invitó a tomar un café en un lugar donde compraría unos dulces para su mujer. Al despedirnos de él en Porto nos dio una de esas cajas de dulces de regalo.

Mediante Couchsurfing nos habíamos contactado con dos brasileñas que estaban de intercambio en la ciudad de Porto y que nos darían alojamiento por el tiempo que nos quedáramos.

Al llegar estuvimos un rato largo contándoles sobre nuestro viaje y ellas a nosotros sobre su estadía en Portugal. Eran muy atentas, les interesaba nuestra hitoria y sonreían todo el tiempo.

Luego de un tiempo salimos a encontrarnos con Melanie, una chica que habíamos conocido en Roma. Nos llevó a un barcito a comer Francecinhas, una comida típica de Portugal.

Volvimos al departamento, entramos sin hacer ruido para no despertar a nadie, nos metimos en nuestras bolsas de dormir que estaban sobre un par de frazadas en el suelo y a descansar. Había sido un día muy largo: habíamos recorrido varios kilómetros y nos habíamos encontrado con mucha gente nueva y muy buena onda.

Al otro día, sin saber por qué, todo cambió.

Nunca supimos por qué una de las chicas nos hablaba con cara larga y solamente le interesaba saber cuándo nos íbamos a ir.

Esa tarde recorrimos la ciudad, que nos pareció muy linda aunque no haya parado de llover desde que asomamos las narices.

Los edificios portugueses son muy particulares en cuanto a su decoración: azulejos con colores y de formas diferentes a la vista en las fachadas. También son muy característicos los empedrados de diferentes diseños en tonos de blanco y negro en las veredas.

Uno de los puntos más visitados es un gran puente que la separa de su ciudad vecina, desde la cual se tiene una vista de todo Porto.

Volvimos al depto y la cosa no había cambiado, sentíamos que a una de las chicas le molestaba nuestra presencia.

Nos generó amargura la indiferencia que recibimos por parte de ella, no está bueno sentir el rechazo. Pensamos que lo mejor para ella y para nosotros sería que nos fuéramos de ese lugar.

Así como si nada, nos decidimos a irnos de Porto de la noche para la mañana, antes de lo que teníamos planeado.

No nos fuimos para nada enojados con ninguna de las dos chicas, ellas nos abrieron las puertas de su casa y ese simple gesto para nosotros es de gran valor. Sin embargo, nos dio pena no haber podido formar nuevos lazos de amistad, como nos venía pasando con casi todos los que fuimos conociendo en estos meses de viaje.

Nunca hay mal que por bien no venga.

La noche anterior a dejar Porto, en nuestra solitaria sobremesa, decidimos ir a una ciudad llamada Coimbra, ya que nos hubiese costado mucho conseguir alojamiento y transporte barato hasta Lisboa y nuestro siguiente destino parecía más accesible.

Rápidamente conseguimos un anfitrión, su nombre era Alexander, un griego de 21 años que estaba de intercambio en Coimbra, haciendo parte de su carrera de arquitectura.

Alex vivía en una residencia junto a otros estudiantes de diferentes partes: una portuguesa oriunda de una isla a 1.400km del continente, un brasilero y un indú.

Gracias al trato recibido nos sentíamos parte de la residencia, como si fuésemos un estudiante más. Además, dio la casualidad que caímos justo dentro de la semana en la que el pueblo tenía su evento más importante: se festejaban las fiestas de la Queima en honor a quienes se graduaban de la Universidad.

El evento tenía su espacio en un predio muy grande con dos escenarios en los que tocaban bandas en vivo y tres carpas en las que se pasaban diferentes estilos de música. Estaba lleno de gente por todos lados, era como una versión evolucionada de la Fiesta del Ternero de Ayacucho. Nos la pasamos genial.

Durante el dia a ciudad también tenía lo suyo: Un jardín botánico enorme, un gran río atravesado por un puente larguísimo y la novena universidad más antigua del mundo, creada hace 725 años... historia pura en una misma institución.

Con alex también compatibilizamos muy bien y compartimos mucho tiempo juntos. Él estaba planeando un viaje aventurero por España, por lo que nos tomó de consejeros sobre qué tipo de mochila comprarse,cómo usarla, etc, etc.

Charlando con Juan nos dimos cuenta que venimos teniendo mucha suerte con todas las ciudades y pueblos que se nos sumaron improvisada y repentinamente a nuestra ruta de viaje<(por ejemplo Urbino, Acqui Terme, Chambery, Torrelavega o Coimbra). Todas nos parecieron ciudades interesantes, que valía la pena visitar, que te acercan más a la cultura del país y que nos permitieron conocer gente fenomenal gracias a la cual la hemos pasado de lujo.

La fiebre roja

Nos levantamos como pudimos, la noche había sido larga, pero teníamos nuestro blablacar a las 13.00 y no era factible perderlo. Alex hizo el esfuerzo y también se levantó para hacernos compañía durante nuestros últimos momentos en Coimbra. Nos despedimos dejando la promesa que volveríamos a visitarlo en Grecia más adelante.

Al llegar al punto de encuentro Juan me pregunta dónde iríamos a dormir esa noche en Lisboa, a lo que con mucha convicción respondí "ni idea".

Hasta ahora, el único lugar en el que habíamos pagado un hostel había sido en Roma, durante nuestra primera semana de viaje, lo demás había sido el Centro de Refugiados de Florencia, el Convento de Monjas en Asis y los Albergue Públicos de Peregrinos en el Camino a Santiago. La verdad es que no nos molestaba volver a vivir el ambiente de un hostel, donde normalmente se conocen muchas personas interesantes y de diferentes países.

No tuvimos la suerte. Nuestra conductora llegó a buscarnos, nos preguntó de dónde éramos y, al responder "Argentina", se nos quedó mirando con los ojos abiertos de par en par... desde chica su sueño siempre había sido visitar nuestro país.

Algo que nos pasa desde que estamos lejos de nuestros pagos es que valoramos aún más lo nuestro.  Aunque tengamos una economía eternamente fluctuante y políticos por los que nunca vale la pena poner las manos en el fuego, es innegable que tenemos la suerte de vivir un país hermoso, con todos los climas y paisajes al alcance de nuestras manos, con una cultura que merece la pena conocer, alejado de muchas problemáticas mundiales y dentro de un continente enorme y exótico.

También nos fue creciendo nuestro sentimiento de Latinoamericanos; el hecho de poder verte como un igual cada vez que nos encontramos con cualquiera que haya nacido entre México y Argentina.

Perdon, me fui un poco y ni siquiera presente a nuestra conductora. Su nombre era Bianca, estaba tan feliz de haberse encontrado con dos argentinos que nos invitó a quedarnos en el departamento de Lisboa en el que vivía con su novio Miguel. Obviamente aceptamos, dejando escapar nuestras ganas de pagar para dormir.

La capital portuguesa estaba paralizada, ese fin de semana se jugaba la última fecha del campeonato nacional y los dos equipos de la ciudad, Sporting y Benfica, tenían chances de gritar campeón.

El partido lo vimos con Miguel y los amigos. Benfica ganó holgadamente su partido y se coronó campeón por tercera vez consecutiva. Tuvimos la suerte de poder vivir lo festejos, el color rojo se veía por todas partes, las calles estaban llenas.

Lisboa es una muy linda ciudad, hay mucho para hacer y para ver allí. Es la única capital europea con salida al mar, tiene muchos espacios verdes, historia, bares, etc. Según García Márquez es la "aldea más grande del mundo", por su forma de vida tranquila y el buen trato de la gente.

Bianca y Miguel, además de abrirnos las puertas de su casa, nos llevaron a pasear y nos mantuvieron siempre ocupados. Incluso, nos llevaron a un egreso de medicina, la tradición es algo rara; los egresados visten trajes con sobretodo y capas al estilo Harry Potter y llevan galeras y bastones dorados. Sus seres queridos que quieran, pueden tomar el bastón y con el pegarle con fuerza tres veces al egresado en la galera. Preguntamos a varios, pero nadie sabía el motivo de esta antiquisima tradicion.

En nuestro ultimo dia en lo de Bianca z Miguel aprovechamos para ir a visitar Sintra, un pueblo vecino que cuenta con varios castillos y palacios. Uno de ellos, el Palacio da Pena, es considerado uno de los mejores mantenidos en el mundo, por contar aún con sus colores originales. Además cuenta con parques inmensos, con lagos y mucho verde.

Me da algo de pudor admitir que pude entrar al Palacio da Pena luego de burlar la seguridad de los guardias en la entrada, pero no podía dejar de recomendarles que visiten este lugar en caso que tengan la posibilidad de visitar estas latitudes y cuenten con alguna moneda en el bolsillo. (los consejos de cómo colarse vab por privado).

Se nos estaba haciendo de noche cuando Emily, una chica que había conocido en Brasil algunos veranos atrás y que había visto solamente una vez en mi vida, nos invitó a comer una pizzas con su novio y amigos.

La velada estuvo muy buena, todos los chico muy buena onda, amantes del futbol y estudiantes de publicidad, área en la que Argentina es referente a nivel mundial y ellos nos lo hacían saber… se conocían todas las de Quilmes..

En la mañana siguiente miguel nos acercó a un pueblo desde el cual podriamos hacer dedo. Estuvimos cerca de cuatro horas al lado de la ruta sin que nadie se detenga a nuestro lado siquiera a preguntarnos dónde íbamos.

Nuestra intención era llegar a cualquier punto del Algarve, la región más al sur de Portugal y la que cuenta con las mejores playas.

Lo único que pudimos hacer para escaparle a la mala suerte de nuestro dedo frustrado fue ir a la terminal y comprar pasajes para la siguiente ciudad de la región a la cual salga algun micro.

Caímos en Vila Real Santo Antonio, un pueblito que estaba entre la frontera con España y las playas de Monte Gordo.

Pasamos tres días de verano en primavera. Nos despedimos de Portugal jugando picaditos en la playa con portugueses que sostenían que Cristiano es mejor que Messi. Hicimos lo que pudimos pero lamentamos informarles que no dejamos muy bien parado al 10 de nuestra selección con nuestros rendimientos en canchas de arena.

Y perdió su silla

Nuevamente la suerte nos fue esquiva a la hora de hacer dedo. A diferencia de lo que nos había pasado en Portugal, esta vez varios autos se detuvieron a nuestro lado, pero todos se dirigen al lugar opuesto al nuestro... fin de semana soleado, todos iban a la playa.

A última hora logramos abrochar un blablacar que nos llevaría a Sevilla.

Llegamos a la gran ciudad andaluza un sábado a las 18hs con 30º de calor... y nos decían que teníamos suerte de que esté tan fresquito...

Como de costumbre, le robamos un poco de wifi a Mc Donalds para planear nuestro recorrido de búsqueda de hosteles e intentar los últimos manotazos de ahogado en CouchSurfing.

Sevilla estaba repleta: gente por todas partes y los hosteles sin capacidad disponible para nosotros, al punto de no preocuparnos pot nuestro escueto presupuesto y los abultados precios para pasar una noche, nos preocupaba encontrar un lugar para dormir.

Luego de tres horas yirando por donde el instinto nos llevará, lo mejor que habíamos podido encontrar había sido un hotelcito en el que tenían una habitación con una cama de una plaza en la que no podíamos dormir los dos al estilo "pies - cabezas".

No nos quedó otra que volver a llorarles.

Juan subió a rogar piedad mientras mientras yo veía que podía hacer con la red de wifi que me prestaron en el hotel de al lado.

Nos reencontramos en la calle, Juan estaba feliz por haber conseguido la piedad buscada, peor yo le tenía una noticia aún mejor: con mis pocos minutos en red logre dar con un sevillano que nos brindaría hospedaje en su casa durante las noches que allí estuviéramos.

Su nombre era Pedro: un chico de 20 años, estudiante de kiroterapia que hacía excelentes masajes... nos sacó varios de los nudos que nos habían provocado las mochilas durante estos meses.

Nuestro anfitrión era una persona intensa y muy activa, pero profundo a la hora de tener esas típicas charlas de filosofía sobre la vida pasadas las doce de la noche.

Me vi bastante reflejado en él cuando tenía su misma edad... gracias a couchsurfing él había podido conocer gente de muchas partes del mundo, pero nunca había salido del país. Casi que contaba los días que le restaban para poder hacer ese viaje que lo conecte con experiencias inolvidables.

Sevilla la recorrimos casi siempre a pata y un poco arriba de las bicis públicas que Pedro nos alquilaba.

En recompensa por su hospitalidad, lo ayudamos a vender pulseras de la final de la Copa del Rey durante el día del partido que disputaban el Barcelona y el Sevilla... por lo que pudimos ver el fervor de la hinchada sevillana en los bares de la zona cercana al estadio Sánchez Pijuán.

Pero nuestra la última tarde fue por lejos la mejor.

Nos levantamos y fuimos al centro, metiéndonos por las callecitas que sólo los locales como Pedro conocen, esas que mantienen un poco de la cultura árabe que reinó durante varios años en esas tierras antes de que sean conquistadas por la corona española.

Vimos un concierto de Música Clásica en una plaza junto a un escocés y un matrimonio inglés de setenta y pocos años que se sentaron a nuestro lado y nos invitan a cervezas y papa fritas sólo porque les caímos bien.

Antes de que llegue el atardecer, fuimos al río a encontrarnos con un grupo de italianos que habíamos conocido tomando algo alguna noche en la Alameda de Hércules (un gran bulevar donde la gente se junta por las noches). La mayoría eran napolitanos y estaban enamorados de Maradona y del pipita Higuaín.

Terminamos siendo muchísimos y de muchos países diferentes. La noche fue llegando entre guitarras y picaditos de fútbol junto a todo este grupo de no sé cuántos y de no sé dónde.

Terminamos volviendo todos juntos a la Alameda, para brindar por última vez nuestras últimas cervezas en la ciudad.

Nos fuimos muy conforme con nuestra estadía en Sevilla. Una ciudad de clima cálido con mucho ambiente estudiantil, mucha vida en las calles y turistas de todas partes del mundo. Con esa sensación de que nos hubiéramos quedado muchos más tiempo del que estuvimos.

Mezquitas Africanas

En Argentina, cuando soñábamos con hacer nuestro viaje y planeábamos nuestras hipotéticas rutas, nunca hablamos de pisar el continente africano. Quizás por la cercanía no pudimos evitar la intriga que nos generaba sumergirnos en uno de sus mágicos países de cultura islámica, Marruecos.

"Es raro pensar que ya se van" nos decía Pedro antes que nos subieramos a nuestro blablacar. Habíamos pegado buena onda en poco tiempo, ya nos habíamos acostumbrado los unos a los otros.

Mientras viajabamos con rumbo Tarifa, la conductora nos preguntó en qué hostel íbamos a quedarnos, a lo que le respondimos que nos deje cerca del más barato que conociera... obviamente ni habíamos buscado nada.

Su nombre era Inma y estaba yendo a pasar el fin de semana a la playa junto a seis amigas con las que alquilaba allí un departamento durante todo el año. Resultó ser que un contratiempo en el auto de una de sus amigas permitió que nos ofrezca una cama, ya que las demás no llegarian hasta el dia siguiente. .

La oferta la fue haciendo poco a poco, analizando minuciosamente nuestras palabras y nuestras reacciones, como tanteando la situación. Nunca había hospedado a dos desconocidos y esto le generaba algo de desconfianza o pudor.... pero una vez que entro en confianza resultó ser una mina muy divertida... de esas personas que te hacen pasar el rato más a gusto solo con su compañía.

Fuimos a la playa, tomamos unas cervecitas en un bar y cenamos con Inma mientras las amigas le escribían para decirle que estaba loca por habernos hospedado o para preguntarle si aún seguía viva.

Al día siguiente amanecimos con la expectativa al punto máximo y la sonrisa de oreja a oreja. En ferry fuimos cruzando de Tarifa a Tánger, por las aguas que separan España de Marruecos, Europa de África y el Atlántico del Mediterráneo.

Ya en tierra el contraste se veía al dar el primer paso. Con solo poner un pie en la calle y tener que estar atento a que los autos no te pasen por arriba.

Tánger es, dentro de todo, una ciudad bastante europeizada por la constante influencia que recibe desde el viejo continente a diario.

Lo primero que nos sorprendió fue la cantidad de gente que veíamos en la calle. Ojo, no me refiero a gente en situación de calle, me refiero al movimiento permanente durante cualquier hora y cualquier día de la semana y a la cantidad de gente en los bares durante horas y horas totalmente al pedo.

En ésta ciudad recorrimos por primera vez las Medinas: calles peatonales enredadas típicas de Marruecos, que te llevan a cualquier parte y en las que es muy fácil perderse.

Cómo la mayoría de los países árabes, su población practica la religión musulmana y los fieles respetan las tradiciones a rajatabla desde sus comienzos. Cinco veces al día se escuchan los llamados a la oración provenientes de las mezquitas y todos los musulmanes dejan de lado sus quehaceres para rendir el culto en la oración.

Desde hace tiempo sabía que casi en simultáneo con nosotros, un amigo de Tandil llamado Iñaki Rossi y su primo Manuel Rosso habían salido por ahí a recorrer el mundo. Sabía también que habían pasado por Alaska pero que hacía varios meses que andaban por Europa.

Lamentablemente siempre andábamos a contramano y no pudimos arreglar ningún encuentro en el viejo continente, pero ¿Quién iba a decir que se nos iría a dar en África?

Compartimos un día en Tanger con estos aventureros que en Bélgica comenzaron a darle vueltas al pedal de sus bicicletas con la intención de llegar pedaleando hasta Sudáfrica.

Además de haber sido muy loco, estuvo muy bueno compartir las experiencias de vida que nuestras aventuras nos estaban regalando con otros pibes que, al igual que nosotros, se atrevieron a dejar todo de lado para salir por ahí a ver qué pasaba con la simple intención de vivir la vida.

No es que le quiera hacer el caldo gordo a la competencia, pero recomiendo que busquen su blog "Dibujando a Pedal", para que vean que somos varios los locos que creemos que la vida de cada uno no tiene por qué ser monótona porque otros así lo crean y que está bueno arriesgarse por lo que uno realmente siente.

La Perla Azul

El micro se deslizaba hacia el sur. A través del paisaje cambiante de Marruecos fuimos atravesando montañas cada vez menos verdes, mientras mirábamos por la ventanilla intentando caer en la cuenta que nos encontrábamos en el continente africano.

Nuestro destino era Chefchaouen. De pronto nos detuvimos, el conductor se acercó a nosotros y nos empezó a hablar en árabe, haciendo señas de que teníamos que bajarnos.

No entendíamos muy bien qué pasaba, pero era tan eufórico en sus gestos que tomamos nuestras mochilas y bajamos. Afuera un par de taxis estaban esperándonos, dijimos que no íbamos a pagar y nos respondieron que era gratis.

El horno no estaba para bollos, varios grupos discutían a los gritos y movían los brazos de forma agresiva. Nosotros calladitos la boca fuimos al baúl de uno de los autos a dejar nuestros bultos.

Fue ahí cuando un joven marroquí me preguntó en un perfecto español si era de Argentina. Nos sorprendió su pregunta, ni siquiera estábamos hablando como para que nos saque por nuestro acento.

Luego de confirmarle su teoría le pregunté cómo se había dado cuenta: "Por tu pantaloncito de River" dijo "soy hincha de River desde que jugaban Aimar, Saviola y Ortega".

Su nombre era Mohamed. Estoy convencido que era uno de esos ángeles que a todos se nos aparecen en los viajes en momentos críticos para tenderte la mano con simples gestos y sin pedirte nada a cambio.

Bajamos del taxi, mohamed se puso la remera de River que llevaba en su mochila y nos acompañó a recorrer los hostels del pueblo.

"Regateen todo lo que puedan, están en su derecho de hacerlo" nos decía cada vez que entrábamos a algún lugar, durante la negociación y al salir a buscar lugares más económicos.

Chefchaouen es famosa por tener su medina enteramente pintada de azul. El hostel que nos encontró Moha estaba en plena medina y tenía muy buen ambiente: gente de muchas partes del mundo, de varias edades y de mucha buena onda.

Nuestro regateo se llevó al punto de aceptar dormir en la terraza a cambio de pagar 4 euros la noche. Fue algo que al principio nos asustó por las bajas temperaturas que hacía al caer el dia, pero fue una experiencia increíble el despertarse con la luz del sol o con el llamado a la oración de una  mezquita.

Quizás la actividad que más nos quedó de nuestro paso por el pueblo azul fue ir a ver el atardecer a la cima de una sierra junto a varios de los chicos del hostel. El sol caía por detrás de Chefchaouen, haciendo que el color del cielo y de la medina, junto con las montañas aún verdes conformen un paisaje que invitaban a cerrar las boca y contemplar.

Teníamos pocas horas antes de partir, por lo que aprovechamos el WiFi del hotel para comprar nuestros vuelos de vuelta a Europa. Gracias a los Low Cost nos era más rentable ir por aire que por tierra.

Juan Alberto sacó su vuelo a Barcelona, donde gastaría sus últimos cinco días dentro del Espacio Schengen junto a sus amigos de Córdoba que estaban recorriendo el viejo continente.

El vuelo que compré yo se dirigiría a Sevilla. Tenía el plan de terminar de darle la vuelta a la península ibérica para así poder visitar algunos viejos amigos que no había encontrado hasta el momento y luego si encontrarme con Juan en Croacia.

Termine de efectuar el pago e instantáneamente tuve sentimientos encontrados entre las ganas de hacer lo que decidí y las ganas de ir con Juan y los cordobeses a Barcelona a pasarla a lo grande. Pero, lamentablemente, no se puede estar en dos lugares al mismo tiempo... confié en que había decidido lo mejor.

Luego de Chefchaouen, nuestro siguiente destino fue Fes. Otra vez, llegamos sin tener ningún dato sobre alojamientos ni mucha información sobre la ciudad. Otra vez llegamos sin nada planeado, a ver que pasa.

En Marruecos suele notarse mucho el contraste entre la tranquilidad de un pueblo pequeño y el intenso frenesí de una ciudad grande. El hotel en el que nos hospedamos nos lo recomendó un muchacho en la calle, quien nos dijo que debíamos pagarle por habernos ayudado.

Aprendimos la lección. Nos habían advertido que es muy normal que las personas te exijan que les pagues por cualquier buen gesto que tengan hacia uno. Mientras recorríamos la gran medina preferíamos perdernos antes que ir para el lado que la gente nos indicaba que teníamos que nos convenía  ir.

La verdad uno no se siente muy bien haciendo esto, empieza a desconfiar tanto de justos como de pecadores y quizás muchas veces no nos permitimos la oportunidad de conocer personas interesantes. Pero por otro lado tampoco es muy agradable sentirse como un billete con patas ante los ojos de la mayoría de los que te rodean.

Para nuestra última noche en la ciudad pudimos coordinar con Kevin, un chico de CouchSurfing que nos invitó a un bar a escuchar y tocar algo de música con sus amigos. y nos brindó un cuarto en su casa. Por la noche nos hizo tajín, una comida típica de Marruecos que normalmente se come con las manos.

Durante la cena la charla fue sobre el rol de la mujer en la cultura islámica y especialmente en Marruecos. Antiguamente, en la época en la que no existía el dinero y el comercio se basaba en el trueque, se cambiaban mujeres por bienes materiales que la familia de ésta recibía a cambio de otorgar su mano al pretendiente.

Le contamos a Kevin que en nuestra hipotética hoja de rutas se encontraba Imilchil, un pueblo particular ya que allí supuestamente se vendían mujeres y nos interesaba ver de cerca ésta cuestión cultural tan diferente a la nuestra.

Creo que nuestro comentario no le agradó mucho, pero supo disimularlo con mucha sutileza, explicandonos que eso había cambiado. Nos comentó que hoy en día todo hombre, que quiera casarse con una mujer determinada, deberá darle dinero a su familia en señal de ayuda o donación.

La cantidad de dinero varía según la belleza o edad de la mujer pero, una vez que cualquier hombre ofrezca ese dinero, la chica debía casarse. De modo contrario, la sociedad lo vería con malos ojos.

Aunque la mujer esté de novia y ame a su novio, en caso de que él no logre pagar lo pretendido por la familia, quien lo haga se llevaría su mano.

Kevin nos decía que eso no era una compraventa... era diferente: en ésta clase de tratados se firma un contrato entre el padre y el pretendiente/comprador, lo que los obligaría a permanecer juntos mucho tiempo o que el hombre deba pagar una gran suma en caso de dejarla.

La diferencia que tenía Imilchil con el resto de Marruecos es que allí no se firmaban contratos y la mujer podía ser "usada" durante algunas semanas y devuelta a su familia. Aparentemente algo muy concurrido por viejos verdes  europeos que aprovechan su fortuna para tener acceso a una cuasi prostitución, no sin antes simular su transformación a la religión musulmana… para que la sociedad no lo vea con malos ojos.

La charla hizo que nos dejara de interesar Imilchil y fuimos en búsqueda de otros rumbos.

Agua, cómo te deseo

Viajamos toda la noche hasta llegar a Hassi Labied, un pueblito a orillas del desierto de Sahara donde habíamos coordinado con un chico de CouchSurfing llamado Mustafa. Nuestra llegada se produjo a eso de las 06.00hs y, a pesar del horario ahí estaba firme nuestro anfitrión, esperándonos con una sonrisa en la placita donde nos dejaba el micro.

El propio pueblo era un desierto en si mismo: las casas de barro, las calles de una tierra similar a la arena, las veredas inexistentes y, aunque fuera de madrugada, el clima cálido se hacía sentir. Del otro lado de un pequeño oasis sobresalían las inmensas dunas que daban comienzo al Sahara.

Aunque no haya sido el horario ideal para entablar una conversación, Mustafa nos invitó a sentarnos y nos quedamos charlando con él algunos minutos por extrema cortesía antes de irse cada uno a dormir.

Mustafa pertenecía a la cultura Bereber: una cultura nómada anterior a la llegada de los árabes que al día de hoy conserva muchas de sus costumbres y tradiciones. Nos sorprendió de él que, al igual que la mayoría de los de su pueblo y sobretodo los de su generación, sin haber ido nunca a la escuela podían mantener conversaciones en más de cuatro idiomas y contaban con conocimiento de muchas de las cosas que a la mayoría nos llevaron años de estudio. "Es por el poder de la mente y la actitud de las persona" decía cuando le preguntamos sobre eso.

Fueron varias las personas que nos ofrecieron el típico tour por el Sahara que consistía en dar un paseo en camello, dormir bajo las estrellas en un campamento bereber, cena y desayuno. Admitimos que no era para nada caro, pero obviamente estaba muy por fuera de nuestro permitido diario.

Nuestros planes fueron otros. Esperamos a que baje un poco el sol en el bar en el que trabajaba uno de los amigos de Mustafa y nos fuimos caminando solos hacia el desierto, bajando y subiendo varias dunas de arena cada vez más rojizas.

La caminata de a poco se iba haciendo mas y mas pesada.

Llegamos hasta un punto alto que nos permitía ver de un lado el oasis, el pueblito y un inmenso sol al que le quedaban pocos minutos para seguir flotando a lo lejos. Del otro lado se veían los campamentos bereberes y la fila de camellos que transportaba a aquellos turistas de presupuesto más holgado que estos pobres viajeros y un horizonte de arena sin fin.

Al estar ahí se tienen algunas de esas sensaciones difíciles de explicar con palabras. Lo que puedo decir es que se sentía como si estuviésemos fuera del Planeta Tierra o como si todo nuestro mundo se terminara ahí... en la nada misma. Uno deja fluir la mente admirando un paisaje tan extraño como desolador y los pensamientos se van a lugares a los que no se llega cotidianamente.

Cualquier descripción se quedaría corta y con gusto a poco. Estar en el Sahara es una experiencia que te permite transitar por momentos y sensaciones que solamente viviendo en carne propia se pueden entender.

Por la noche fuimos con musta a Fátima, el bar donde habíamos pasado la tarde. Una vez que cerraron nos quedamos en la terraza, charlando sobre la vida, la cultura Bereber y la Argentina.

De repente todas las luces del pueblo se apagaron, dejándonos seguir nuestras charlas bajo un cielo infinitamente estrellado. Otra vez era como estar fuera de ésta planeta. Era como si no hubiese nada de por medio entre nosotros y el firmamento, como si con sólo levantando una mano podríamos atrapar alguna estrellita cercana. Difícilmente en otro momento volvamos a ver tantas estrellas en un mismo cielo.

Nos retiramos del Sahara sin hacer ninguno de los tantos tours que todos los que iban allí hacían,  pero por demás conformes de haber vivido la experiencia a nuestra manera, teniendo contacto con lo real, no con lo prefabricado y haciendo gratis casi todo lo que los comerciantes nos ofrecían hacer a cambio de algún dinero.

No pretendemos hacerle publicidad a Master Card, pero es verdad que hay cosas que el dinero no puede comprar. Las mejores experiencias durante los viajes no son las que se tienen cuando se paga a cambio de ellas... son las que te sorprenden, las que te encuentran cuando no estás esperando nada y te demuestran que hay cosas en la vida que valen más cuanto no son prefabricadas.

Ramadam

Después de un viaje de 20 hs, en el que atravesamos el país de este a oeste, llegamos a Essaouira: una ciudad en la costa a donde teóricamente habían ido Jimmy hendrix, Bob Marley y Manu Chao a componer algunas de sus canciones.

El trato con la gente local era mucho más ameno aquí que en ciudades grandes como Fez o Tánger, eso hacía que podamos circular por las calles con más tranquilidad y sentirnos más a gusto. Quizás basta solo con decir que en los locales de la medina se veían cartelitos con los precios de la mercadería en venta, por lo que no hacía falta negociar ni regatear.

La primer noche, medio perdidos en una de las callecitas de la medina, nos cruzamos por casualidad con Nico, un argentino que habíamos conocido en el hostel de Chefchaouen y que nos brindó su compañía durante el tiempo que coincidimos en Essaouiraí.

Nuestros días en Essaouira consistieron básicamente en ir a la playa a jugar a la pelota con los locales y algunos turistas marroquíes que siempre se nos sumaban.

El Ramadam es una de las celebraciones más importante para los musulmanes. Aquí todo el que profesa esta religión, sin importar si la practica cotianamente o no, debe estar 40 días sin comer, sin beber, sin fumar, sin tener pensamiento impuro ni mirar mujeres, etc.

Esta tradición de los cuarenta días de abstinencias nos encontró durante el plazo final de nuestro tiempo en Marruecos, algo distinto y particular para poder vivir la cultura más de cerca.

Pero hay que tener en cuenta que en el Ramadam todas las abstinencias quedan obsoletas durante la noche, por lo que las personas tienden a cambiar sus hábitos y comenzar sus días cuando cae el sol para poder permitirse los placeres que debieron prohibirse hasta ese momento.

En nuestra última noche en Essaouira pudimos vivir más de cerca un poco de esta tradición, cuando aceptamos la invitación de dormir en la casa de uno de los chicos que jugaba con nosotros a la pelota en la playa, Mohamed. Compartimos su desayuno a eso de las ocho de la noche y la cena a las dos y media de la mañana.

Pero vivimos un Ramadam más intenso al llegar a Marrakech. Aunque nuestro arribo no fue muy placentero.

Apenas bajar del micro nos metimos en la medina en búsqueda de algún hostel justo en el horario en el que todos todos empezaban a salir de sus casas. Fue imposible. Las callecitas estaban repletas, no solo de personas caminando, sino de motos que andaban por las calles peatonales como si estuvieran andando en una autopista y con onda verde.

Salimos espantados de la medina y nos fuimos lo suficientemente lejos como para poder encontrar wifi y buscar un hostel en paz.

Para nuestro segundo día en Marrakech logre contactarme con un chico de Couchsurfing llamado Assiam que nos invitó a compartir con él, sus tíos, sus primo y sus abuelos las costumbres del ramadam.

Tanto el desayuno nocturno como la cena matutina estaban repletos de diferentes tipos de comidas, jugos, licuados y hasta leche con menta.

Nos trataron como invitados de honor: nos sentaron en el medio de una pequeña mesita ubicada en una sala angosta en la que apenas había lugar para que entremos todos. Estaban siempre pendientes de que haya comida en nuestros platos y bebida en nuestros vasos.

Entre las dos comidas salimos con Assiam y sus primo a dar un paseo por la ciudad, que se revolucionaba por las noches. Había gente por todas partes. En la plaza central se podían encontrar desde músicos hasta encantadores de serpientes y de fondo se veía la gran mezquita donde muchísimas personas se acercaban durante el llamado a la oración y se tiraban al suelo a rezar.

Fue genial la experiencia de conocer a Assiam y a su familia. Al igual que todas las personas que nos fueron hospedando durante nuestras tres semanas en el país, eran personas muy humildes que nos brindaron todo lo que tenían a su alcance e intentaban hacer un esfuerzo por brindarnos aún más.

Divorcio

Nos llegó el día

Juan armó su mochila y nos fuimos caminando despacito hasta el aeropuerto que estaba a unos cinco kilómetros del centro.

Descansamos algunos minutos las piernas luego de nuestra caminata. Mire la hora en mi celular, le dije "nos vemos en unas semanas", le di un abrazo y me fui sin mirar atrás hasta que escuche el grito lejano "date vuelta, culeado. Saludame otra vey".

Más allá de que es un rubro que venimos practicando con frecuencia en estos últimos tiempos, confieso no ser muy bueno en el ámbito de las despedidas. Igualmente no creo que alguien pueda considerarse bueno al momento de decir “adiós”.

Las despedidas son generalmente situaciones límites junto a una persona con la que se ha vivido algo importante y con la que se generó un lazo especial. Si no fuese así ni siquiera haría falta la despedida.

Seguramente en nuestro caso esto suene exagerado ya que lejos de ser un "adiós" es simplemente un "hasta luego", pero la verdad es que luego de estar cada día y a cada hora con una misma persona durante tres meses, más allá de cualquier roce normal que surja en el camino, el "hasta pronto" genera un vacío similar a cualquier otro tipo de "adiós".

Volví a la casa de Assiam para pasar mi última noche en Marrakech y en Marruecos. El sentimiento que me generó la despedida con Juan se parecio bastante al que me surgió al dejar el país.

Muchas veces el trato de la gente suele cansarte, ya que te solés sentir como un billete caminando. Ese cansancio se incrementa quizás por lo diferente de la cultura, pero sin darte cuenta podes acostumbrarte a muchas de las cosas que allí se viven y hasta llegas a pensar que se te hará difícil no extrañar a Marruecos una vez que estés afuera.

Caló Andalú

Volví a Sevilla. Esta vez me quedé en la casa de Inma, la chica que con bastante miedo nos había hospedado en Tarifa y que ahora me recibía casi como si fuese un familiar.

Las altas temperaturas marroquíes no suelen ser muy diferentes a las andaluzas y, sobre todo, a las sevillanas. Sentía que estaba dentro de un horno mientras esperaba a Inma sentado en un cordón luego de bajarme del avión.

La primer noche salí de copas a la Alameda junto a Pedro, como en los viejos tiempos. El día siguiente lo compartí entero con Inma. Primero almorzamos con sus padres, hermana y sobrinos, luego paseamos por varios lugares de la ciudad (algunos ya los había visitado con Juan, pero esta vez tenía guía) y terminamos en el bar de unos amigos suyos, a donde también se acercó Pedro a brindar conmigo las últimas copas que bebería en Sevilla.

Era raro pensar que estaba pasándola muy bien en un bar con dos personas que hacía cuestión de semanas ni siquiera conocía y, que si no fuese por mi y por Juan, tampoco se conocerían entre ellos. Ahora me recibían, trataban y despedían como si fuera un viejo amigo que hace mucho tiempo no veían.

Inma me llevo bien temprano al punto donde me esperaría mi blablacar. Nos despedimos con un abrazo y con su promesa de que algún día nos visitará en Argentina.

El siguiente destino en la hoja de ruta era Granada, allí tenía planeado reencontrarme con tres amigas que habían estado de intercambio en Tandil durante el 2015: Ana, Laura y Carmencita. Eran varias, por lo que estaba casi obligado a pasar por allí.

En España hay una famosa frase que dice que "no hay nada más feo que ser ciego en Granada", allí hay muchísimo para ver.

Granada es la capital de la última provincia que los Reyes Católicos le conquistaron a los Moros, por lo que es uno de los lugares españoles donde se puede encontrar mayor influencia de la cultura árabe: como las callecitas entrerredadas y llenas de locales, muy similares a las medinas marroquíes,

En la cima de una sierra aún se mantiene en pie la Alambra, el palacio donde vivían los Reyes Moros antes de la llegada de los españoles, Hace pocos años fue nominada a ser una de las siete maravillas del mundo. Recomiendo que, antes de llegar a Granada, le echen un vistazo a este palacio... los locales suelen ofenderse cuando alguien no sabe qué es la Alambra.

Granada es una ciudad de trescientos mil habitantes con mucha vida universitaria y muchos turistas extranjeros. Todo este conjunto genera un ambiente muy interesante que dan ganas de salir a recorrer las calles. De fondo se ven los picos más altos de la península ibérica cubiertos de nieve.

Pero yo no estaba al 100%, ni mucho menos. Probablemente el hecho de que Juan no haya hervido el agua de los mates que nos tomamos en Marruecos hizo que durante varios días estuviera descompuesto, con vómitos por las noches y no pudiera recuperarme. Y, el hecho de estar siempre de visita y que me sigan teniendo siempre activo lo que haga que no logre mejorar.

Cuando estás de paso normalmente quienes te reciben quieren que disfrutes del tiempo que allí estés, mostrándote lo más posible de sus lugares y uno, por más que no sienta de la mejor forma, también quiere disfrutar de la compañía de aquellos a los que visita

Ana me llevó a pasear a pata por toda Granada, de arriba a abajo. Cada día tenía un plan diferente para hacer por la mañana, por la tarde y por la noche, a los que también solía sumarse Laura y si no también la tenía a la Carmen para tomar la cervecita de reencuentro.

Me quedé un poco triste por no haber podido estar a la altura desde lo físico para poder hacer todos los planes que Ana había planeado, pero sin embargo me importaba más el poder reencontrar a las personas queridas, que lo que haga con ellas o dónde las haga.

La Peña del Garbo

En Chefchaouen, el pueblo azul de Marruecos, habíamos conocido a un español llamado José Manuel que me invitó a visitarlo en su pueblo. Había sido con una de las personas del hostel con la que habíamos pegado buena onda, sin dudarlo fui a conocer Hellín.

El pueblo tiene 30.000 habitantes, se encuentra en el límite entre Murcia y Albacete y es conocido por una fiesta de tambores que tiene lugar durante Semana Santa, cuando las calles quedan rebalsadas de personas tocando tambores.

Lo mejor de Hellín fue conocer a la "Peña del Garbo", nombre con el que autobautizaron a su grupo josema y los amigos. Entre todos tienen una casa de tres pisos alquilada durante todo el año y es el lugar que usan como bunker para juntarse sin motivo todos los días y casi todo el día. Tenían PlayStation, equipos de sonido para cuando organizaban alguna festichola, terraza con varias sillas pero que ninguna combinaba con la de al lado, freezer lleno de cervezas, envases de vidrio marrón y envoltorios de papa fritas por doquier, un desorden con el que se les veía a gusto y decoración con el nombre del grupo en las paredes.

La Peña del Garbo me hacía acordar mucho a mi grupo de amigos en Tandil. Era un grupo de 18 varones que se conocen desde chicos, que compartieron casi toda sus vidas juntos y que no hay duda que la van a seguir compartiendo el resto de sus vidas, por la identificación y sentido de pertenencia que el mismo grupo genera en cada uno... aunque lastimosamente con los míos no tengamos una casita alquilada.

Eran todos pibes muy buena onda, realmente me hacían sentir como si estuviera con mis amigos en Tandil.

Me controle mucho con el tema de las comidas y el consumo de cerveza que a cada rato me ofrecían los del Garbo, pero sin embargo continuaba con el malestar estomacal y esto era algo que empezaba a preocuparme... ya hacía una semana que no paraba de vomitar.

Veo Veo

Quity, uno de los amigos de José, me llevó hasta Murcia, donde encontraría al blablacar que me dejaría en Valencia. Desde allí me iba a tomar un tren a Villarreal, hasta donde me iría a buscar Anna, otra amiga que conocí durante su intercambio en Tandil en el 2015.

Desde mi retorno a España venía viajando a un ritmo bastante acelerado, ya que quería estar presente en los festejos de la recibida de Anna, pero los problemas estomacales seguían presentes y debía controlarme.

Con annita no era muy fácil, ni siquiera me llevó a dejar la mochila y cambiarme... fuimos directamente a cenar con los amigos y después a bailar aunque mi cuerpo pidiera cama.

Al día siguiente, por fin, empecé a bajar las revoluciones y mi cuerpo empezó a disfrutar del descanso que tanto me reclamaba.

Nos levantamos y nos subimos al auto. Anna puso su CD con cumbia argentina y fue manejando por un caminito estrecho entre plantaciones de naranjos hasta un ranchito donde tendríamos un almuerzo familiar de domingo.

Capaz esté un poco pesado con los recuerdos y las comparaciones, pero este almuerzo de campo me recordaba mucho a los asados familiares a los que iba de chico en la chacra del abuelo de mis primos en Benito Juárez, con la diferencia de que acá había una gran fuente en la que se cocinaba una paella enorme, en lugar de una parrilla con chorizos y tiras de asado.

Había mucha gente: tíos, abuelos, primos, primos de primos, novios/as de los primos lejanos de algún otro primo, etc. Todos atentos por demás.

Fue una tarde relajadisima.

Luego subimos con Anna y su abuela al pueblo en que me quedaría durante mi estadía en la Comunidad Valenciana. Se llamaba Veo, un pueblito perdido entre las montañas verdes, de no más de 30 o 40 habitantes.

El estar allí me relajo al punto de que mi estómago mejoró desde el primer día.

Los días consistían en levantarme por las mañanas (rozando el mediodía), bajaba a la cocina y la abuela de Anna siempre me tenía el desayuno preparado. Como podíamos entablábamos algunas conversaciones, ella hablaba en valenciano así que no se hacía muy fácil.

Sin llegar a cumplir una hora desde que me había levantado, después de dormir toda la noche y gran parte de la mañana, ya me venía el sueño. "Es normal, son los aires del pueblo" decía Anna.

Una tía-abuela le prestó su auto por lo días que yo estuviera de visita, para que me pueda llevar a recorrer. Gracias a eso, por las tardes movíamos a algún lugar a tirarnos a tomar sol y jugar a las cartas con ella y las amigas que se sumen, ya sea al río, una cascada o la playa.

En la mayoría de las ciudades por las que hemos pasado hasta el momento nos quedamos solo tres noches... no queremos pagar más noches de hosteles cuando no tenemos quienn nos tire un colchón y tampoco queremos ser un peso cuando algún amigo nos aloja.

Mi plan era el mismo en Veo, quedarme solo tres noches para no ser una molestia. Sin embargo, Anna me pidió que me quede hasta los festejos de San Juan y, por lo agusto que me sentía en ese pueblo, termine aceptando.

Llegaron los festejos. Fuimos con Anna y los amigos a cenar alrededor de un fogón en la playa, La tradición en éstas fiestas es que, cuando se hacen las doce de la noche, todos fueran a saltar las doce primeras olas y luego cada grupo saltaba tres veces su fogón.

Las fiestas de San Julián es una tradición un tanto peculiar que se encuentra en casi toda la costa mediterránea de España.

Le di a Anna y su familia las gracias correspondientes por lo bien que se portaron conmigo. Un par de "hasta luego, espero que nos volvamos a ver pronto", algunos abrazos y emprendí mi viaje a Barcelona, la que sería mi última ciudad por visitar en la lista de ciudades españolas.

Gabrielito Blanco, un tipazo. 

De antemano Barcelona era una de las ciudades donde más amigos tenía para visitar, pero lamentablemente caía en un fin de semana en el que todos estaban un tanto ocupados.

Llegue a eso de las 17hs y me puse a patear la ciudad en búsqueda de un techo. Caminaba por la Rambla de arriba a abajo sin suerte, para colmo el calor, el peso de la mochila en los hombros y las masas de gente ya me estaban empezando a alterar.

Después de algunas horas de continuados intentos fallidos, termine contactando a Andrzej, un polaco con el que compartí casi toda mi etapa de intercambio en Brasil en el 2010 y que ya me había ido a visitar unas tres veces a Tandil luego de eso.

Ese mismo fin de semana sus padres estaban de visita pero, al decirle que no conseguía hostel, me ofreció quedarme en el cuartito donde tenía todos sus equipos de escalada y varias otras cosas de uso poco diario.

Esa noche cenamos un plato polaco y luego fui con Andrzej a tomar una cervecita de reencuentro con Damla, una chica de Turquía a la que había coincidido en mis últimas semanas en Brasil pero que, como con todos los que se encuentran haciendo un intercambio, pegamos muy buena onda y siempre nos habíamos mantenido en contacto.

Era medio raro detenerse algunos segundos entre copa y copa a pensar que estábamos igual que hace seis años atrás y hablando de las mismas pavadas, como si el tiempo no hubiese pasado.

Después de mi intercambio en Brasil fui invitado a dar algunas charlas para contar mi experiencia. Aquí solía comentar que, desde mi punto de vista, cuando alguien tiene instancias de este tipo en otro país deja atrás cosas muy importantes como la familia o los amigos y, al encontrarse con otros extranjeros que estén en la misma allá afuera, ambos se usan mutuamente para reemplazar a los que no se tienen cerca.

Así, si bien mi trabajo en la universidad me llevó a conocer muchas personas y de muchos países diferente con los que siempre mantuve buenisimas relaciones, es muy difícil formar lazos tan intensos como los que uno forma con las personas que conoce durante su propia experiencia internacional. Andrzej y Damla habían sido parte mis amigos y mi familia en Porto Alegre, y después de seis años fue muy especial reencontrarlos.

El día siguiente estaba soleado. Andrzej me sacó una de las bicis públicas y nos fuimos pedaleando hasta el gimnasio donde hacía escalada.  Íbamos paseando por lugares poco comunes por los que él me iba haciendo de guía.

A la vuelta yo me quedé en la playa y el se fue a cocinar la cena para sus padres y para mi.

Volví exactamente a la hora que él me había pedido. Andrzej me abrió la puerta mientras hablaba por teléfono en polaco. Lo note algo raro... él es atento y educado, a veces por demás, y ésta vez casi que me daba la espalda, algo no andaba bien.

Cortó y con los ojos vidriosos me dijo "coco, acaba de morir mi abuela".No pude hacer más que abrazarlo y acariciarle la espalda... era un momento que pedía gestos más que palabras... no había nada de qué hablar.

No pasaron ni dos minutos hasta que llegaron sus padres. Andrzej se secó las lágrimas como pudo cuando escuchó la puerta abrirse. La madre pasó, me sonrió como si nada hubiera pasado y se metió a la cocina... desde toda la casa se podía escuchar su llanto. Un momento básicamente de mierda.

Padre e hijo fueron a consolarla y yo me fuí de nuevo a patear la ciudad en búsqueda de un nuevo techo para esa noche. No tenía nada que hacer ahí, no era correcto que duerma con la familia de Andrzej, tenían mucho dolor reprimido y era bueno que lo desahoguen en soledad.

Tuve que salir con los ánimos por los suelos... es una sensación muy fea cuando se ve el dolor en un ser querido y no se puede hacer nada para ayudarlo... ni siquiera por lo menos poder compartir la magnitud de su dolor para transitarlo juntos.

Di vueltas por zonas poco turísticas en una de las ciudades más turísticas  del mundo, pero aún así no tuve éxito: consulté en varios hosteles y albergues, pero ninguno tenía disponibilidad.

Esta vez quien salió a mi rescate fue Damla, quien me dio las llaves de su departamento y se fue a dormir a otro lado por los días que me quedará. Una grosa, me dio su casa e hizo todo para que me sienta como si fuera mia... cada día estuvo atenta a que tuviera que hacer y la pase bien mientras esté en Barcelona.

En el resto de mis días allí me dediqué a caminar y conocer lo máximo posible de una ciudad que tiene motivos suficientes para atraer tantos turistas del mundo entero.

Lo bueno es que no camine siempre sólo, a veces me guiaron Damla y su amigo Leao, otras veces disfrute de la compañía de Camilo Cordonnier, mi primer amigo/compañero de la Facultad, y de sus padres tomando un cafecito en el Barrio Gótico y hasta me junte a ver la final de la Copa América con Tuti Laulhe y otros tandilenses que también estaban viviendo en la ciudad en ese momento.

Mi paso por Cataluña había sido un tanto traumático, pero todavía no me había ido. Pocos días antes de partir me di cuenta que, en mi pasaje Barcelona - Split, figuraba el nombre de Gabriel Blanco como pasajero, en vez del mío. Hice reiteradas llamadas a la compañía, pero  nunca pude dar con un operador que me solucionara el problema.

Mi vuelo era un miêrcoles a las 6.30 am. Llegue cerca de la medianoche del dîa anterior para incrementar mis chances de solucionar este temita que me estaba poniendo un tanto nervioso.

Dentro del aeropuerto, la cola en la ventanilla de Atención al Cliente de la aerolínea Vueling tendría unas treinta personas esperando por hacer sus reclamos. El ambiente no era muy amigable.

Cuando llegó mi turno, me acerqué a una empleada que creo que era de Colombia o Venezuela y que por su cara de perro ya me daba la sensación que no me iba a hacer las cosas fáciles.

Intenté por varios métodos, empecé hablándole de forma educada y pausada, pasamos a gritarnos y hasta termine lagrimeandole, pero nunca le pude quebrantar ese "No" constante en sus respuestas.

La mujer me decía que no había forma que me cambien el nombre en el pasaje, aunque el número de pasaporte del pasajero sea el mio y aunque la tarjeta con la que se compró sea la mía. La única opción era que pague una multa de 200 euros o que compre un nuevo pasaje.

Por más que le diera a entender que era totalmente una injusticia, ya que lo más probable era que haya sido un error de la página por poner en mi pasaje el nombre que ellos ofrecen como ejemplo al llenar el formulario e intentara hablarle desde un lado humanitario, ella siempre me decía  "yo te entiendo, pero a la empresa no le importa lo que decis".

Durante mi carrera vi muchas definiciones distintas de lo que es una empresa, la mayoría variaban según el área desde la cual se la analizaba. Pero, en ese momento, se me repetía en la cabeza una definición de Finanzas en la que se dice que es un conjunto de personas organizadas en busca de un objetivo común y ese objetivo es incrementar la riqueza de los empresarios.

En ese momento yo estaba frente a frente con una mujer a la cual negarme la ayuda no le iba a generar ningún beneficio personal y, aunque teóricamente me entienda y esté de mi lado, me negaba la ayuda porque no era lo que le convenía a la empresa.

Aunque no suene bonito decirlo, para las empresas los clientes no solemos ser más que fuentes de ingresos y lo mismo suelen ser los empleados. Sin embargo en ese momento, cliente y empleado no llegaron a un acuerdo por cuestiones ajenas a ellos.

La impotencia me invadió por todos lados. Pregunte en la mesa de Informaciones y en la Oficina de Policía, pero no tenía nada para hacer. Todos me daban la razón de que era una injusticia y nada más.

No se si fue la misma impotencia, la incertidumbre de no saber cömo solucionar este tema, el verme sölo y tan lejos de casa, resabios de lo sucedido con Andrzej y su familia, el dolor de la derrota de la selección en la Final de la Copa América o un cúmulo de todo, pero me senté en un rincón y empecé a llorar como un nene, no podía parar.

La única opción que me quedaba era jugarmela e intentar subirme al avión con el pasaje de Gabriel Blanco, como si no supiese nada sobre el error.

En este tramo había conocido dos chicas brasileñas que iban a tomar el mismo vuelo que yo y les pedí que me dejen usarlas como escudo.

Llegó la hora, se empezaron a formar las filas para despachar el equipaje y yo siempre atrás de las brasucas. Fuimos los tres juntos a despachar nuestras mochilas, yo siempre iba a ser el último en cada control, cosa de que con ellas ya vayan tomando algo de confianza.

La primer mujer me pidió el pasaporte, lo pasó por un posnet, como si fuera una tarjeta de crédito, pesó mi mochila y la despachó. El primer paso estaba dado, pero ahora el nerviosismo aumentaba ya que tenía todas mis cosas despachadas a nombre de Gabriel Blanco y, en caso de que no pueda volar, tampoco iba a poder reclamarlas.

Yendo al sector de embarque volvimos a tener un control en el que a las dos chicas les pidieron pasaporte y pasajes y por suerte a mi solo el pasaporte.

Para colmo de males, el vuelo tuvo como dos horas de retraso. Yo no había pegado un ojo en toda la noche, me sentía cada vez más ansioso y más nervioso. La estaba pasando como el culo.

Después de un rato estábamos haciendo las colas para subir al avión, yo iba tanteando cuál de los dos hombres en la puerta pedía menos veces el pasaporte para avisarles a las chicas que vayan ellas con el contrario.

Le di mi pasaje y el tipo me dice "el pasaporte por favor". Fueron segundos en los que ya había dado todo por perdido. Saco mi pasaporte de la funda de la guitarra y el tipo me dice "esta bien, no hace falta, pasa".

Misión cumplida, ya había subido al avión con un nombre ajeno y no solo había burlado los controles, sino también que había podido hacer eso que para los empleados de Vueling era tan imposible de hacer o de que se me reconozca.

Para terminar esta odisea. Al llegar al avión una azafata me dice que tenía que pagar extra por subir con una guitarra, a lo que le respondí que ya había pagado ese monto extra.  Me dijo "Se deben haber olvidado de ponerlo en el pasaje. No hay problemas, tenemos asientos de sobra en este vuelo, te vamos a buscar una fila libre para que puedas viajar más cómodo y poner la guitarra en uno de los asientos".

Gabrielito Blanco voló tranquilo con una fila entera a su merced.

Las aventuras de Juan Alberto by Juan Alberto

Amigos en catalunya

Llegó el momento de la separación. Sabíamos que iba a ser solo por unos días, pero después de pasar más de 100 días juntos y de algunos tirones se puede decir que la convivencia fue buena, por lo que estas semanas sin compañero iban a ser difíciles, aunque tampoco voy a negar que me intrigaba saber hasta dónde podía llegar por mi cuenta.

Yo me tomaba un vuelo a Barcelona para quemar mis últimos 5 días en el espacio Schengen con mis amigos de Córdoba y con Pau, un amigo catalán que mi hermano conoció en Dublín.

Llegué a Barcelona el sábado a las tres de la mañana. Ese día no podía quedarme en la casa de Pau, pero los chicos me habían reservado una cama en el hostel en el que estaban parando.

Me quedé tomando unos mates en el aeropuerto esperando que se haga de día. Llegué al hostel y llame a mis amigos, pero no había respuesta de su parte. Me senté en la recepción a esperarlos y al ver que no bajaban me colé al desayuno libre y sacie mi hambruna.

El primero en bajar fue Gabriel, nos dimos un fuerte abrazo. Qué alegría poder encontrarme con grandes amigos del otro lado del mundo! Nos sentamos a tomar un jugo y a ponernos al día, aunque fue difícil llevar un hilo en la conversación porque teníamos mil cosas para contarnos.

Subimos a despertar a los otros, pero estaban abrazados a las almohadas, la noche fue larga y las 11 de la mañana era muy temprano para amanecer.

Esa tarde fuimos a la playa. Tomamos unos mates, charlamos un poco de todo, le metimos un poco de vóley y cuando el sol empezaba a bajar volvimos al hostel para armar la noche. En el camino compramos unas cervezas y algo para cocinar. Esa noche se salió fuerte, estábamos como en Nueva Córdoba, pero con acento catalán. Me puse la mejor pilcha que tenía (con pantalón prestado) y partimos a un boliche de por ahí.

Para el día siguiente había arreglado con Pau para ir a un asado por el cumpleaños de una amiga. A la mañana siguiente, después de dormir solo 3 horas, fui en tren a Mollet del Valles, el pueblo donde vive Pau.

Él me esperaba en la estación. Cuando nos encontramos pareció que nos habíamos visto ayer. Hablamos de nuestro viaje, de su viaje por Sudamérica, de mi hermano, de sus cosas, de mis cosas. Fue un buen reencuentro.

Estuvimos toda la tarde en el asado. Los amigos de Pau son unos valores, me hicieron sentir como uno más, comimos bastante y tomamos mucho más.

A la mañana siguiente nos levantamos temprano para hacer una caminata al monasterio de Montserrat, unos picos de 1200m con formas raras en el medio de Cataluña. La vista que se tiene desde ahí arriba no tiene desperdicio.

Más tarde fui a Barcelona para saludar a los chicos por ser su último día. Llegué y estuve 3 horas hasta poder encontrarlos. Al final se iban en dos días. Cenamos algo en el hostel y me fui porque Pau tocaba en un pub irlandés y me estaba esperando. Llegué tarde, pero escuché un par de temas con guitarra celta, violines, cucharas, acordeones y flautas. Por la noche fuimos junto con una amiga de Pau a un mirador del que se puede ver todo Barcelona de noche.

En mi último día en la ciudad Marc, un amigo de Pau, nos dio una visita guiada. El recorrido fue medio rápido por el barrio gótico. Fue genial caminar las pequeñas callecitas del barrio donde se gestó la Barcelona, Cataluña y el reino de Castilla.

Pau y Marc se volvieron a Mollet y yo me quede para saludar a los chicos, porque al día siguiente, bien temprano, tenía que escapar del espacio Schengen rumbo a Croacia.

Fui a la playa, tomamos 2 mates y corrimos porque mi último tren a Mollet estaba por salir.

Nos dimos abrazos muy fuertes, nos deseamos buenos augurios y un nos vemos en algunos meses/años. Esa noche la mamá de Pau nos esperó con comida, tomamos unos vinos, hablamos un poco de la vida y nos acostamos porque a las 5 de la mañana había que levantarse para volar hacia otros rumbos.

Fuera de Schengen

Aterrice temprano en Dubrovnik sin saber para donde disparar. Había probado por couchsurfing pero no tuve suerte, por lo que empecé a caminar los hostels.

Los precios no bajaban los €20, monto muy caro para mi bolsillo. Seguí recorriendo y preguntando, saliendo un poco de la ciudad vieja, hasta llegar a una residencia en la que solo había personas locales y de los países de alrededor.

Era gente que trabajaba en la ciudad solo por la temporada de verano, por lo que había una especie de comunidad balcánica en ese pequeño hostel.

Lo primero que me preguntaron era de dónde era y, al responderle mi procedencia, me invitaron a compartir unas cervezas con ellos, mirar fútbol, cenar juntos y tomar algunas cervezas más.

Recorrí un poco la ciudad y fui a las playas de roca y agua transparente de las que tanto me habían contado.

A la mañana siguiente me levanté temprano, para aventurarme en mi primera experiencia totalmente sólo en Europa.

Cuando fui a pagarle al dueño del hostel por las noches de hospedaje me cobró sólo la mitad del precio que habíamos acordado en un principio y me preguntó hacia dónde iba. Le dije que mi rumbo era para el lado de Montenegro y me dijo que él se dirigía en la misma dirección y ofreció llevarme.

Bienvenido sea. Me dejó 20km adelante, a la salida de una rotonda. Hice dedo por 15 minutos y me levantó otro hombre que me dejó otros 20km más adelante, en una parada de colectivo.

Busqué un cartón e hice mi cartel con el destino “Herceg Novi o Frontera”. A los 10 minutos de esperar veo que un auto estaciona en unos tachos de basura enormes que estaban cerca de mí.
Se baja un pibe con bolsas de llenas de botellas vacías… había estado de fiesta la noche anterior y estaba escondiendo la evidencia.

Giró, hizo 10 metros y me dijo que suba, que me llevaba. Hablamos un poco y me dijo que solo me podía alcanzar hasta la frontera. Perfecto para mí, una vez que haya cruzado iba a ser sencillo continuar los 4km hasta Herceg Novi.

Llegamos al límite nacional y el pibe agarra del asiento de atrás 4 latas de cerveza fría y me dice “son para vos, disfrutalas”. No entendía mucho lo que pasaba, y menos aún después de que se metiera la mano al bolsillo y me dé algo de plata para nuestro viaje! Solo atiné a decirle gracias y arrancó de vuelta hacia su pueblo.

Antes de cruzar me quedé tomando una cerveza helada bajo los 30º del mediodía croata. Hice
la fila hacia la aduana, adelante mío había unos 5 autos y atrás otros 4 autos.

Al llegar mi turno le doy el pasaporte al policía. Miró la foto con detalle y después mi cara, luego la foto y mi cara, la foto y mi cara y así algunas veces más hasta preguntarme hacia dónde iba. Sin darme lugar a respuesta me dice “¿a Siria? ¿a Turquía?”

Le respondí que iba a dar una vuelta por su país y regresar. Me mira con cara de dudas y me sella el paso. Se ve que la barba me jugó una mala pasada.

Una vez del otro lado me costó conseguir a algún amable que me quisiera llevar, por lo que tuve que caminar el trecho hacia el pueblo.

Otra vez preguntando por alojamiento me pareció que eran todos muy caros, por lo que compré un poco de fiambre y recorrí la playa buscando un lugar tranquilo y cómodo para probar por primera vez la carpa que llevaba en la mochila. Cené algo, tomé otra cerveza y armé la carpa cerca del cementerio local. Mejor que en varios de los hostels pagados.

Amanecí temprano para desarmar la carpa sin que nadie me quisiera echar a las apuradas.  Café en un bar y matecitos para arrancar el día. El siguiente destino era Kotor.

Preparé mi cartel y a los 5 minutos me levantó una pareja de rusos. Ya tenía en vista algunos hostels del pueblo y por supuesto apunté al más barato, y esta decisión iba a cambiar totalmente los próximos 3 días de mi viaje.

Al entrar al cuarto veo en una de las camas un cartón usado como cartel, muy parecido a los que usamos nosotros cuando viajamos a dedo. Me pareció curioso, además de la simpática forma en que estaba escrito ya que apuntaba a “Dubrovnik, Budva o cualquier lugar”.

Cuando vuelvo al dormitorio estaba un chico acostado en la cama donde estaba el cartel. Estaba sin remera, con pantalones cortos de deporte y una barba tan dejada como la mía. Muchas similitudes.

Como se acostumbra uno siempre se saluda en inglés, y él respondió en el mismo idioma pero con un acento raro. Era obvio que era de Sudamérica. Seguimos hablando, pero ahora en español y resulta ser que era una pareja de paraguayos que estaban viajando igual que nosotros. Estaban bajando desde Polonia solo a dedo y tenían que llegar a Grecia para tomar el vuelo de vuelta a casa.

Esa noche comimos juntos, Lali cocinó unos fideos ricos y baratos, era evidente que manejábamos el mismo presupuesto.

Al día siguiente arrancamos juntos hacia Ulcinj, un pueblo en el límite con Albania. Yo la verdad que no tenía un destino definido, solo quería estar en Hvar antes de que Coco llegara, por lo que decidí viajar con los chicos hasta donde me dé el tiempo como para poder pegar la vuelta hacia Croacia.

Desayunamos juntos y fuimos a la ruta a probar suerte. Arrancamos bien: nos levantaron a los 3 para hacer el primer tramo sin separarnos. Las siguientes tiradas las tuvimos que hacer por separado porque si no demoraríamos mucho.

De todas formas habíamos puesto como punto de encuentro un hostel en Ulcinj (habíamos leído que daban cerveza gratis, y no había que desperdiciar esa oportunidad).

Ya me faltaba poco para llegar a destino, estaba a la espera de que el último vehículo me levantara. Frena un auto y ahí estaban mis nuevos compañeros de viaje. Se bajaron e hicimos el último tramo juntos.

Llegamos al hostel, recorrimos un poco la ciudad y regresamos al atardecer para comprobar el mito. Era asi, cerveza gratis y mucha buena onda por parte del staff y huéspedes del hostel.

Muy bien lo pasamos, en un pueblito que nunca me hubiera imaginado conocer y que se caracteriza por tener la playa de arena más larga del Mar Adriático (unos 14km!).

Al día siguiente fuimos en busca de esta interminable costa, que nos habían comentado que al final tenía una isla con una playa nudista, a la cual queríamos ir.

Nos movimos a dedo, bajamos un poco antes a la playa para disfrutar de su inmensidad y de los infinitos kitesurfers que plagaban el lugar. Caminamos hasta llegar al río que divide la gente que anda de malla de la que no.

Con Lali cruzamos nadando el río (llegamos muy de pedo porque la corriente nos empezó a llevar hacia el mar) y Manu, con nuestras pertenencias, le hizo dedo a un Kayak. Ya del otro lado no quedaba más que tomar aire y quitarse los pantalones.

Los tres íbamos derecho, sin mirar hacia los costados. Al principio el pudor se apoderaba de nosotros, pero de a poco empezamos a perder la vergüenza y al final ya estábamos más que cancheros. Fuimos hasta donde se terminaba la playa, pegamos media vuelta sin mirar de más y volvimos sobre nuestros pasos.

Cuando llegamos al hostel tenía que definir hacia donde iba a continuar mi viaje el dia siguiente. Mis compañeros tenían como destino Grecia, pero a mí no me daba el tiempo para ir tan lejos.

Miré un poco el mapa y al final me decidí por ir unos días a Theth, un pueblito perdido en un valle entre montañas, la playa la para Croacia.

Amanecimos temprano y juntos cruzamos la frontera para llegar a Shkoder. Ese fue el punto en que nuestros caminos se separaron, pero estoy seguro que nos volveremos a ver en algún otro sitio.

Paraísos escondidos

Averigüé y el cruce de las montañas solo se podía realizar con camioneta y demoraba casi 5 horas. Esa tarde compré comida y frutas para llevar y a la mañana siguiente fui al punto de partida que me llevaría hacia las cumbres.

Al principio todo era tranquilo y en planicie, pero a medida que ascendíamos las curvas empezaban a aparecer, el camino era cada vez más angosto y el asfalto ya había quedado atrás.

De un lado estaba la pared de roca y del otro el precipicio del que no se veía el fondo. El hombre que manejaba iba como a 80 cuando el camino no daba para más de 40, y en cuanto asomaba la trompa otro vehículo de frente se paraba encima del freno, metía reversa y buscaba el hueco para ceder el paso.

A pesar de lo riesgoso del camino, la belleza del paisaje no se opacaba y uno andaba girando la cabeza de un lado a otro tratando de mirar cada rincón escondido del bosque.

Cerca del mediodía llegamos a Theth, pregunté en una hostería y me dejaron armar la carpa en su parque. Dejé mis pertenencias y seguí un sendero a la par del río para buscar algún espacio para tomar mate.

El lugar fue una aldea en la que solo había una iglesia, 3 hosterías y algunas casas desparramadas como al azar, en las que sus inmensos terrenos eran trabajados para cultivos de consumo propio. Estuve sentado un buen rato, el sol brillaba, pero el calor no era agobiante, se escuchaba el sonido del agua que corría a través de las rocas, el viento que movía las hojas de los árboles y los pájaros que cantaban dando la impresión que se divertían al hacerlo.

El lugar era perfecto, traté de disfrutarlo al máximo. Me puse a pensar acerca de estos últimos meses, de los lugares por los que pasamos, de las personas que conocí, de lo que me esforcé y de la cantidad de cosas que dejé de lado, entre ellos familia y amigos, para poder estar en ese momento ahí: en Albania, en el medio de la montaña y sin tener que dar explicaciones a nadie, haciendo lo que yo quiero y lo que no, no.

También pensé en Coco y en donde estaría en ese momento, lo dejé en Marruecos medio descompuesto de la panza y hacía tiempo que no tenía novedades de él. Seguro lo estaba pasando bien con sus amigos en España.

Después de un par de horas solo con la naturaleza empecé a escuchar voces. Era una pareja de Austriacos que venían de hacer un trekking por la montaña. Les convide unos mates pero como muchas veces pasa, la primera vez que lo prueban ponen cara rara y  lo devuelven al primer sorbo.

Nos quedamos hablando un rato, me comentaron que andaban viajando por 3 semanas en una casa rodante, que llegaron hasta el sur de Albania, pero ahora estaban pegando la vuelta a casa.

Esa noche cené un sandwich que tenía, tomé una cervecita por ahí y me fui a la cama temprano porque al día siguiente partía de vuelta hacia Montenegro para tratar de llegar lo antes posible a Hvar (Croacia) y reencontrarme con Coco.

Me llevaron en camioneta hasta un pueblo un poco más transitado y desde ahí crucé a dedo la frontera hasta llegar a Podgorica. Intente salir de la gran ciudad, pero ya se estaba haciendo tarde por lo que decidí hacer noche ahí.

El siguiente día también me demoré mucho para llegar al destino apuntado, estaba en Bosnia a 200km de Hvar y el sol estaba cayendo. Pregunte por un colectivo a Dubrovnik (que era la ciudad más cercana) y me dijeron que por ser domingo no habían colectivos a Croacia.

Caminé hacia una rotonda en las afueras de la ciudad para intentar que algún piadoso me llevara, siempre buscando algún lugar como para poner la carpa en caso de que me agarrara la noche.

Llegué, bajé la mochila, conseguí un cartón para escribir mi próxima ciudad, lo mostré al primer vehículo que pasó y paró sin dudarlo. Cuando bajan la ventanilla, eran los austriacos que había conocido dos días atrás en la montaña. Ellos también iban hasta Dubrovnik asique me levantaron y me llevaron hasta la puerta del hostel en el que había estado hacía diez días.

Cuando los muchachos me vieron llegar se pusieron muy contentos y a los diez minutos habían descorchado la primera birra.

Tenía mucha ansiedad por ver a Jozo y Marija, dos chicos croatas que habían vivido con mi hermano en Dublín, por lo que a la mañana siguiente bien temprano fui a sacar el boleto de barco para Hvar.

Cuando baje del Ferry empecé a mirar de lado a lado buscando a ese croata que había conocido en Córdoba hace 5 años, cuando fue a visitar a mi hermano y a mi..

Ahí estaba él, medio borracho, pero aun así me vio y sin perder tiempo nos pusimos a charlar de todo. Me presento también a  Juan y Flor, una pareja de argentinos amigos de él, con los que desde el primer momento me di cuenta de lo buenos pibes que eran.

Jozo me hizo dejar la mochila en el hostel y nos llevó como en un tour acelerado por los bares del pueblo, presentándome personas a las que vería diariamente mientras viviera en la isla. Esa noche también conocí a Marija, la amiga de mi hermano.

Los primeros días de mi estadía en Hvar estuve con Juan y Flor, ya que Jozo y Marija trabajaban. Con los chicos nos organizamos para ir a las playas, comer algo juntos y hasta salir a correr por las mañanas.

Fueron 5 días a puro mate y charla. Recién nos conocíamos pero me pareció como que era de toda la vida. Estoy seguro que los volveré a ver estando en Argentina.

A los 3 días llegó Coco. Cuando lo vi no lo podía creer, pareció haber sido una eternidad desde que nos separamos en Marruecos, nos dimos un abrazo enorme. Lo encontré sin barba y puro hueso… no lo puedo dejar solo 15 días que me viene con 10 kilos menos!!.

Las primeras sensaciones de viajar sòlo fueron medio confusas. La ansiedad y las ganas me sobrepasaban, pero a la vez sentía un poco de miedo, que creo que es normal cuando uno enfrenta algo nuevo.


Con el correr del tiempo fui tomando confianza y los miedos se empezaron a transformar en buenas experiencias, en conocer gente de maravilla y lugares increíbles, en recibir tanto que uno no sabe cómo devolverlo, en pensar un poco en lo vivido, en lo que se viene y en encontrarse a uno mismo para tratar de disfrutar al máximo de esta aventura.

Go Hvar out - by coco

Necesitamos dos días para poder contarnos todo lo sucedido durante nuestros viajes. Se nos hacía difícil poder ir a la playa con otras personas, no podíamos evitar cortarnos para contarnos las últimas anécdotas.

Pasamos dos meses viviendo en un lugar paradisiaco. Jozo era manager del hostel “Hvar Out” y nos había ofrecido ser parte de su staff durante la temporada de verano, ya que estábamos buscando algún trabajo para descansar un poco los hombros de nuestras pesadas mochilas.

Si bien viajar es lo que amamos y es lo que nos viene alimentado el alma los últimos meses, no es fácil mantener el ritmo acelerado de estar no más de tres noches en cada ciudad y vivir con la constante incertidumbre de no saber qué va a pasar el dia de maòana. Necesitábamos un parate y en Hvar íbamos a poder encontrar eso.

El pueblito se encuentra en una de las tantas islas pertenecientes a Croacia y es casi todo peatonal… llegamos a desacostumbrarnos de los autos. Desde lo alto de una sierra lo vigila un antiguo fuerte. Las construcciones son medievales, las fachadas de las casas y las calles están construidas con el mismo adoquín.

Las playas en las que nos bañamos durante esos dos meses creo que han sido las más lindas que mis ojos han podido ver y se me hace difícil pensar que algun dia vaya a ver algo mejor.

Si bien en las costas en vez de arena había piedras tipo canto rodado que te dificultan la entrada y la salida al agua, una vez adentro todo era perfecto: el agua totalmente cristalina, al punto que llegábamos a ver claramente el fondo en puntos donde, aunque nos esforcemos, no llegabamos a tocarlo.

Para evitar el dolor en la planta de nuestros pies, solíamos ir a plataformas de cemento o piedra desde las cuales se entraba al agua de la misma forma que en una pileta. Saltabamos y nadabamos entre peces de diferente tipo que normalmente se acercaban curiosos a nosotros. Normalmente íbamos a sentarnos a alguna de las boyas que sostenían las lanchas y barquitos que estaban estacionados cerca de la gente y ahí nos poniamos a charlar.

Si bien llegamos a tener una rutina bastante armada, no era rutina lo suficientemente cansadora como para que queramos irnos.

Solo hicimos actividades de turistas al inicio de nuestra estadía y sobre el final: alquilamos un barquito con Jozo, Marija, Juan y Flor para ir a algunas playas de las islas que se veían frente al pueblo, subimos al fuerte a ver el sol caer, fuimos invitados a algunos party boat en los que trabajaban chicos de los cuales nos hicimos muy amigos y hasta alquilamos unas motos con otros chicos del staff para recorrer algunas playas y pueblos vecinos.

Nuestro staff era muy variado y al mismo tiempo fue variando su personal. Las recepcionistas eran Summer, de Estados Unidos y Dora, de Croacia. Tambien Jozo cumplia esa funcion ademas de la de manager. Al principio, la chica encargada de la limpieza era Ella, de Inglaterra, pero luego fue reemplazada por Grace, de Australia… por suerte sobre el final de nuestra estadía Ella volvió y pudimos despedirnos de ella. Teníamos un sereno llamado Alvaro, de España, al cual cubrimos las noches que él tenía franco. Por último, en nuestro puesto estuvo trabajando Sam, también de Australia, hasta nuestra llegada.. teóricamente iba a viajar bastante tiempo, pero la pasaba tan bien en Hvar que volvió antes de lo pensado y estuvo viviendo con nosotros en el Hostel para reemplazarnos una vez que partieramos.

Nuestro trabajo seguramente era el mejor ya que estábamos encargados del entretenimiento de los huéspedes: El hostel tenía un Pub Crawl (tour por bares) y nuestro trabajo era llevar de fiesta a quienes estuvieran allí hospedados, y de paso salir con ellos y asegurarnos que la pasen bien.

Cuando llegamos, este pub crawl solo contaba con un bar en el que se le daba un shot gratis a los que fueran con nosotros pero, ya que no era algo demasiado interesante para los huéspedes y no nos dejaba casi nada de plata, nos encargamos de conseguir dos bares más en los que también se les diera un shot de bienvenida. Por supuesto, en cada bar nosotros teníamos bebida gratis.

Nos es imposible contarles sobre todas las personas que fuimos conociendo en estos dos meses. No solo hicimos buenas migas con la gente que trabajaba en Hvar (sea en nuestro hostel o en otros lugares), también pegamos muy buena onda con la mayoría de los huéspedes que pasaron durante esos dos meses, algo que se nos hacía fácil gracias a nuestra función.

De a poco nuestro mapa se fue llenando de nuevas ciudades a las que nuevos amigos nos han invitado a visitarlos. Probablemente, algun dia lo haremos.

Varios viejos amigos también fueron hasta la isla solo para visitarnos: Juan Cruz (amigo de Juan de Río Gallegos) Luti (amigo mío de Porto Alegre) Hernan (primo de flor) y hasta José Manuel de Hellín con otros tres amigos suyos.

Casi sin darnos cuenta nos llegó la hora de la despedida. Esa semana teníamos los ánimos un poco cambiados… si bien disfrutamos de una semana solo para vacacionar, sabíamos que se nos iba a hacer dificil dejar la isla.

En nuestro ultimo dia estaba todo el staff en el hostel… los que volvían para trabajar el último tramo de la temporada y a los que ya se les estaba terminando el tiempo. No se si sera bueno o malo, pero fuimos los primeros en decir adiós y con esto ya todos empezaron a sentir el final de este maravilloso tiempo compartido.

Subimos en la terraza, lugar que se usaba como espacio común del hostel y donde habremos compartido la mayoría de las horas. Summer escribió en varias hojas “happiness is only real when shared” y nos sacamos la última foto todos juntos.

Nos fueron acompañando en la fila del ferry hasta que nos tocó la hora de subir. Nos dimos varios abrazos y más de uno empezó a moquear. Yo sentía lo fuerte que me pegaba el corazón a medida que me iba despidiendo de esta maravillosa gente con la que nos tocó convivir.

El motivo de la tristeza no es pensar que se haya terminado el verano o que nos tengamos que ir de Hvar… nuevos veranos van a venir y quizas algun dia podamos volver a la isla, pero es casi imposible que volvamos a toparnos con las mismas personas… con todas ellas a vez, aunque sea en otro lugar.

Los seguimos saludando con las manos a medida que entrábamos al ferry. Ya adentro, subimos a la cubierta para ver como lentamente nos íbamos alejando de ese pueblo en el que nos sentimos tan a gusto y sin terminar de caer en que nos estábamos yendo.

Del otro lado, el ferry iba hacia la dirección exacta en la que el sol se recostaba sobre el mar azul, formando un atardecer rojizo al cual fotografiaban todas las personas para las cuales Hvar solo había sido un lugar de paso en el que pasaron parte de sus vacaciones. Nosotros no despegamos los ojos de todos aquellos rincones por los que solíamos andar.

Hay momentos que nos incitan a pensar en todo lo que tuvimos que pasar y todo lo que nos costó llegar hasta donde estamos hoy. Son momentos en los que sin quererlo uno infla el pecho.

Todos tenemos sueños. Soñar no cuesta nada, lo que sí cuesta es animarse a dejar los sueños atras y convertirlos en una realidad.

Para terminar con esta publicación, nos gustaría proponerles que cierren los ojos, den click en el video que les dejamos a continuación y dejen que el ritmo de las quenas lleven a sus pensamientos hacia que les gustaría alcanzar algun dia.

Nosotros, por nuestra parte, los cerramos para pensar en los ya alcanzados y en los tantos otros que confiamos en conquistar algun dia.

Para terminar. En caso que hayan acertado al click teniendo los ojos cerrados, les recomendamos ir a consultar a su médico de cabecera… es algo que suele no ser muy normal.

“En viaje, buscando el cielo un cóndor va. Como mi ser, resucitará buscando la luz”.